Cómo Lena Dunham se convirtió en la otra reina de Internet

(A Kim Kardashian no le gusta esto).

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La felicidad de una micro o macrocelebrity se mide en likes, retwiteos y followers. Su objetivo no es ya que las queramos mucho o muy mucho, sino que les hagamos caso. Como a los extintos Tamagotchis, pero en multicanal. La relevancia entendida como gota malaya es lo que marca el valor de un famoso en la bolsa de lo social. Tanta atención consigues, tanto vales. Fans o haters, da igual. Lo importante es la viralidad, el mayor lugar común de horror posible. Ni la bondad ni la belleza valen ya nuestros clics y hasta los gatitos han de grabarse en piruetas bigger than life.

En su lucha contra nuestra indiferencia total por hastío o atiborramiento, los estrategas de comunicación y marketing terminan inventando maquiavélicos artilugios narrativos para despertarnos. Lo peor no es que su grosería aumente conforme lo hace nuestra tolerancia, sino que utilicen todo tipo de coartadas pseudointelectuales para hacérnoslas tragar como si de arte se trataran. De hecho, cualquiera de estos argumentos podría ser usado próximamente en las campañas electorales 2.0 que nos esperan, dado que el común del electorado decide su voto en función de si le suena algo o nada el nombre del candidato. Estas son las coartadas narrativas más recurrentes del momento. No cambien todavía de canal.

 

El culo
Warhol nos enseñó cómo la repetición convierte el argumento más inesperado en algo absolutamente banal. La compulsión, en general, convierte en rutina los consumos, de ahí que vayan pasando cada vez a más velocidad las partes del cuerpo femenino que van teniendo su momento de gloria. Primero fueron los aumentos de pecho, luego los cortes de pelo y, ahora, los culos.

Los culos de Kim, Bey, Rihanna, Nicky Minaj o JLo que irrumpieron en prime time hace escasos meses, hoy ya no abren ni un triste zapping. Mientras surge y no un nuevo despiece anatómico, el culo ha sido entronizado como la lata de sopa Campbell de la cultura meme-mema que nos asiste. Conviene recordar que la primera que mostró el culo y todo cuanto pudo sin alentar el “parental advisory” fue Lena Dunham. Claro que lo suyo, al ser feo, era político y lo de las otras, parece ser, menos.

 

El tabú sexual
Cualquier maquiavelo de la comunicación sabe que basta mentar a la gran bicha (el incesto) para que se multipliquen los clics. La cultura mediática estadounidense se sirve de este asunto con fruición, caso de la estricta familia ultracatólica Duggar y sus 19 hijos, todo un hit en Fox y en las redes gracias a un escándalo de abuso sexual entre hermanos. Pero no sólo son ellos los que hacen clic-kiti-clic. Sarah Palin ha visto el cielo de la atención abierto y se ha subido al carro lamentando que se critique más el ocultamiento interesado y el laissez faire de los ultrareligiosos Duggar que el episodio de Lena Dunham confesado por la misma Lena Dunham en sus memorias. Pues ya estamos todos, ¿no?

 

El feminismo
Otro argumento absolutamente desterrado de la conciencia del ciudadano medio que sigue despertando su perplejidad, interés o fastidioso rechazo es el del feminismo. La pretensión de un trato igual o de un salario igual por parte de una estrella femenina es una apuesta segura para los estrategas de las relaciones públicas de la misma. Como el asunto suscita tantos fans como haters, el negocio es redondo.

Por la vía del feminismo algunas famosas van entrando por el aro de la contemporaneidad, caso de Taylor Swift. Su publicista, en una jugada redonda, pasó de marketearla como ñoña retro no-mujer a ofrecerla como feminista iluminada amiga de sus amigas. La culpa de la transmutación ideológica la tiene... ¿Adivinan quien? Lena Dunham.


Vestirse de mujer
La moda sigue siendo un argumento potente a la hora de poner a un famoso en órbita, pero ha dado un vuelco total la manera de usarla. La viralidad de una campaña de moda adosada a un famoso más o menos inesperado es poco más que automática, por mucha Cher y mucho Marc Jacobs que ande por medio. Como bien ha de estar comprendiendo el publicista de Justin Bieber, de nada sirve ya arrimarse a las marcas más hip ni rozarse con el mismísimo Olivier Rousteing por las alfombras rojas del mundo.

Hoy lo único que excita nuestros clics es el trasvase de identidades, el travestismo, lo trans, la flexibilidad total de géneros y el ejercicio irónico (o no) de la gran mascarada. Ahí está ese role model de adolescentes y mayores que es Jaden Smith, tan dado a colocarse vestidos como trajes de Batman. Idem con la salida a la luz pública de Caitlyn Jenner, con un contouring, unos apliques capilares y un coordinado de fajas que desvelan lo fake que es ser mujer mediática en el siglo XXI. La única mujer publicada sin extensiones ni faja que se me ocurre es Lena Dunham.

 

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