Cómo Jude Law enamoró al mundo en cinco películas

El actor británico que solo necesitó una suma de diez horas para volverse inolvidable.

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Ya lo cantaba Paul McCartney en Hey Jude: “elige una canción triste y hazla mejor". Pues Jude Law, que se debió de hartar de escuchar esa canción porque era la favorita de sus padres, hizo suyo este consejo e irrumpió en el cine para hacer de él un lugar más hermoso. No es que en los 90 hubiese gente fea en Hollywood, pero Jude enseguida llamó la atención de la industria con dos papeles que explotaban su irresistible magnetismo sexual. Tanto en Wilde como en Medianoche en el jardín del bien y del mal Law interpretaba a un sexoservidor que llevaba a su cliente a la perdición.

Ahí tenemos otro elemento clave de la belleza de Jude Law: el peligro. Su sensualidad invita a perder el control porque cuando él está en la habitación nada más importa. Es una consecuencia lógica de su físico, alguien con semejantes facciones no solo tendrá una vida más fácil porque todo el mundo quiere hacerle feliz, sino que será perfectamente consciente del poder que la genética le ha otorgado, e inevitablemente lo utilizará para hacer el mal.

Las portadas de todo el mundo se derritieron con hermosos reportajes en los que Jude solo tenía que limitarse a ponerse delante de una cámara y dejar que su erótica fotogenia hiciese su trabajo. Todos aquellos reportajes se titulaban “Hey Jude”, y todos le comparaban con alguien muy guapo: el nuevo Paul Newman, el nuevo James Dean, el nuevo Marlon Brando.

Ahora que Jude Law ya no es el nuevo nada, está en medio de una desafiante transición de icono sexual a secundario gracioso con películas como Spy (el tiempo pasa por todos, lo cual es un consuelo y una tragedia), no está de más recordar cómo Jude sedujo a todos los seres vivos de este planeta en cinco películas muy distintas, pero con un denominador común: tocar fondo merece la pena si es por culpa de Jude.

Gattaca, experimento genético / 1997

En un futuro distópico en el que los seres humanos son manipulados para ser genéticamente perfectos, Jude Law era una elección de cásting idónea para interpretar a una supremacía que la humanidad solo sería capaz de alcanzar mediante la alteración del ADN. Como esto es Hollywood, el protagonista genéticamente fracasado y perdedor era Ethan Hawke, lo cual da pistas de lo equivocada que está esa sociedad ficticia. Si para ellos Ethan es un humano defectuoso, no sé qué pensarían si viviesen en nuestro planeta actual.

Jerome Morrow era representante de la perfección humana, pero mentalmente era un desastre. Estaba sumido en una depresión porque al parecer había alguien mejor que él (yo no me lo creo), convirtiéndole en víctima de uno de los dramas más habituales de la gente guapa: solo eres abrumadoramente guapo si te rodeas de gente más fea que tú. Cleopatra lo sabía, Beyoncé lo sabía. Por muy bien que Jude interpretase la rota vulnerabilidad de Jerome, a mí no me engaña. Se me ocurren problemas mucho mayores que tener la cara de Jude Law y ganar una medalla de plata en las Olimpiadas.

 

El talentoso Mr Ripley / 1999

Otro papel para el que Jude era un actor esencial. Dickie Greenleaf, un vividor, un sinvergüenza y un amante de la playa cuya belleza era tan insoportable que conseguía que las mujeres se lo perdonasen todo, los hombres deseasen ser él y la gente con problemas de autoestima quisiese matarle. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y una cara tan bonita conlleva que te la quieran rajar.
Iluminado de forma idílica por la luz natural del sur de Italia, Jude representaba una belleza bohemia aspiracional y despreocupada. Con esa cara, ¿quién iba a tener problemas? Dickie además era un símbolo del desparpajo (y vaguería) europeos. Frente a la muy americana actitud de Tom Ripley de trabajar para alcanzar el éxito, Greenleaf se pulía la fortuna familiar en martinis y barcos explotando un dinero y una cara que le habían venido regalados. Aquí “el feo” era Matt Damon. Y es que insisto en que es muy mala idea salir en las fotos al lado de Jude.
 

Alfie / 2004

Jude y su cara estaban en la cima de Hollywood, y por tanto del mundo. Así que Jude fue a lo seguro y protagonizó un remake del ¿clásico? con Michael Caine Alfie. Era un proyecto basado en lo bueno que estaba Jude Law, literalmente. Alfie era un canalla que conducía limusinas y les daba a sus clientas el viaje que necesitaban. Pertenece a un subgénero muy de moda durante el cambio de siglo que consistía en la celebración de la promiscuidad de los hombres blancos y triunfadores en el primer mundo.
Jude por supuesto estaba arrebatador como seductor profesional sin escrúpulos, especialmente durante esa partida de billar en la que acaba acostándose con la novia de su mejor amigo. Pero como es guapo, esperan que al final de la película, solo y utilizado por una Susan Sarandon inspirada en Samantha de Sex and the city, nos dé pena. No nos daba ninguna pena. La envidia hace que sea reconfortante ver fracasar a la gente guapa y cruel. Se llama karma, y Megan Fox sabe mucho de eso.
 

Closer / 2004

Hubo una época en la que Hollywood invertía dinero en dramas adultos sobre sentimientos y conflictos emocionales. También hubo una época en la que Clive Owen tenía trabajo. Y el resultado de ello es Closer. La gente guapa y con dinero sí que tiene problemas de verdad. Jude interpretaba a Dan Woolf, un escritor frustrado (¿hay alguno en el cine que no lo sea?) que se enamora de la burbujeante Alice. Sabemos que es locuela y espontánea porque lleva el pelo rojo. Y porque es stripper.

Un año después, Alice ya no lleva el pelo rojo (eso significa que Dan la ha domado, no que por fin ha decidido peinarse como una persona normal), pero nunca sabemos cuál es su color natural porque es stripper pero también es Natalie Portman, así que lo máximo que hace es contonearse en ropa interior. Su relación fracasa y se embarcan en una serie de crisis con Clive Owen y Julia Roberts, en vez de asumir que solo se enamoraron porque iban escuchando a Damien Rice, y eso nos ha pasado a todos en el metro.

Jude Law exploraba su lado más vulnerable, sacándole partido al colirio con unos ojos vidriosos sobrecogedores, y nos demostraba que con la dirección adecuada puede ser un actor con matices emocionales y una presencia, por así decirlo, más prosaica que en sus primeros e hiper-sexualizados personajes.
 

The Holiday / 2006

Jude inició su transición hacia papeles menos ambiciosos (esto quiere decir personajes que podrían interpretarlos actores de belleza moderada como Ethan Hawke) con una comedia romántica de manual que le sirvió a Kate Winslet para pagar la hipoteca. En ella interpreta a Graham Simpkins, un viudo y padre de dos hijas que trabaja como editor.

Sabemos que es inteligente y sensible porque lleva gafas. De hecho en un momento dado asegura que llora constantemente, con películas, libros, canciones y la aurora boreal. La película no era sutil. Graham debía de ser un yerno de ensueño, y el propio Law declaró que le supuso un reto tener que interpretar un personaje contemporáneo en el que además no podía explotar su sensualidad. Tú sí que tienes problemas, Jude.

Aunque lleve abrigos de paño y bufandas de cuadros como una persona normal, en The Holiday Jude seguía siendo un portento de la naturaleza. Quizá por última vez, y de forma más mundana. Desde entonces, ha abrazado su alopecia y ha intentado hacerse un hueco como actor cómico y “británico estándar” en Sherlock Holmes o El gran hotel Budapest, lo cual me parece un intrusismo imperdonable. Al menos podía tener la decencia de dejar la comedia a los actores feos de verdad.

Nada como seguir leyendo más de este seductor actor en este link.