Cicciolina, la mujer que trasgredió lo ‘porno’

A punto de cumplir los 65 años, entrevistamos a la modelo, espía y diputada que pasará a la historia como la actriz porno más famosa de todos los tiempos.

Cicciolina habla de sí misma en tercera persona. “Hoy no existen actrices y modelos fascinantes y carismáticas como Cicciolina, ni las ha habido en épocas pasadas. Soy un ícono pop valiente del que todavía se habla. Pasaré a la historia como alguien único”.


Elena Anna Staller (Budapest, 1951), alias Cicciolina, responde con voz dulce, casi infantil. Reparte “besos, besos, besos. Mucho amor”. Se despide con un “los quiero a todos, queridos cicciolinos y cicciolinas”. Como compruebo cuando hablamos del reportaje que protagonizó Miranda Kerr en 2011 en una revista estadounidense basado en su célebre imagen —palidez extrema, larga melena oxigenada, cejas pobladas, lencería de encaje y la inevitable corona de flores—, tiene un alto concepto de sí misma. “Veo esas imágenes y soy feliz. Que me imiten e inmortalicen significa que soy muy importante”. O, siguiendo con la moda, al comentar su amistad con el diseñador Riccardo Tisci o con la modelo Naomi Campbell.


“Riccardo desea tenerme cerca en cada evento exclusivo que organiza, como la cena por su décimo aniversario en Givenchy. Él me adora, me considera su icono mundial. Es mi brother in art y Naomi, el ángel de mi corazón que no puede faltar, mi mejor amiga. Como una hermana”.


Mucho antes de hacerse selfies con Naomi en la Semana de la Moda de Milán el pasado septiembre como el mito de la cultura popular que es, Cicciolina ejerció de espía en los estertores de la cortina de hierro. Triunfó en el porno, industria en la que revolucionó los estándares del género con su audacia envuelta en una imagen candorosa e inocente. Protagonizó un breve y polémico matrimonio con Jeff Koons —el artista vivo más cotizado del mundo— del que da fe una atrevida serie de esculturas y litografías que hacen de Kamasutra algo risorio. Y ocupó su escaño en el Parlamento italiano como diputada del Partido Radical.

No está mal para una mujer que nació en la Hungría comunista, donde aprendió muy pronto que debía reinventarse para sobrevivir. “Ya de niña, yo representaba lo que es hoy Lady Gaga. Yo soy la primera Lady Gaga, un icono comercial al otro lado del océano. Nací en el seno de una familia tradicional y católica, en un período de gran pobreza. Mis hermanos pequeños y yo no éramos unos angelitos, pero no hay de qué sorprenderse: mi madre tenía poco tiempo para nosotros, y poco dinero. Así recuerdo mi infancia”.


Los Staller, a quienes visita periódicamente en su país natal, siempre apoyaron sus decisiones. Es más, la joven Ilona se presentó a su primer concurso de belleza alentada por su madre, que trabajaba como matrona (su padre era funcionario en el Ministerio del Interior).


“Leyó el anuncio de una gran agencia húngara, MTI, que buscaba una modelo para un proyecto publicitario, y me dijo: ‘¡Eres tan bella que te escogerán seguro!’ Y así comenzó mi éxito. Tenía 13 años y un oficio que me entusiasmaba”. Para contribuir a la modesta economía familiar también trabajó de limpiadora en un hotel de Budapest. Allí la captaron los servicios secretos. “Dos agentes me pidieron que sedujera a los clientes que ellos señalaran. Debía ir a sus habitaciones, hacerles hablar y fotografiar los documentos que encontraba en su equipaje: de políticos a diplomáticos occidentales”. Cuando alcanzó la mayoría de edad ya era una espía consumada cuya misión principal consistía en vigilar a “hombres de negocios árabes y políticos americanos”. ¿Su nombre de guerra? “Katicabogar, que significa Imariquita en húngaro”.

Naturalmente, a Katicabogar Hungría pronto se le quedó pequeña. En 1970 se casó con Salvatore Mercuri, un italiano 25 años mayor que ella con quien se instaló en un pequeño apartamento en Milán. El matrimonio duró tan solo unos meses —“No me conquistó su físico, sino su alma, pero pronto descubrí que no era el príncipe azul que esperaba”—, pero le proporcionó la nacionalidad y, lo más importante, la posibilidad de instalarse en el país transalpino. “Italia crecía, las personas trabajaban, no había desempleo y eran felices. En los barrios era muy bonito ver a la gente cantar, bromear. Todo era pizza, espagueti, honestidad y alegría”.


Ilona se reinventó de nuevo, esta vez como la “cariñosita, dulcecita” Cicciolina. El álter ego al que debe su fama mundial. Primero, como estrella del cine para adultos; más tarde, como personaje de la farándula televisiva y activista política, escaño en el Parlamento incluido. En Italia el éxito le llegó como actriz porno de la mano de uno de los pioneros del género, el periodista, fotógrafo y productor Roberto Schicchi, con quien protagonizó su primera sesión de fotos eróticas en el verano de 1975 en una bañera. “Éramos jóvenes, no teníamos una lira... así se nos ocurrió lo de las imágenes con animales”, declaró Cicciolina a la muerte de su pigmalión, en diciembre de 2012. Con Schicchi, descubridor también de su homóloga Moanna Pozzi o, más tarde, de Rocco Siffredi, dio el salto desde la radio, donde participaba en un programa titulado Vous voulez coucher avec moi, al cine X.


Pronto se convirtió en una celebridad tanto por su habilidad para rodar atrevidas escenas de sexo en grupo —no tienen más que googlear su nombre para comprobarlo— como por su original aspecto. “La corona de flores simboliza los premios, los honores, la plenitud, la perfección, la inmortalidad y la grandeza, como es Cicciolina. La llevo porque me siento boticelliana. Adoro a Botticelli y para mí es un símbolo que incorpora su arte. Yo encarno una reconstrucción refinada y muy personal del mito del nacimiento de la primavera, y ese es mi mensaje: amor y sexo para dar nueva vida”.

La eclosión del fenómeno Cicciolina se produjo en una época en la que el cine para adultos adquirió en Italia cierto cariz político. Schicchi o su colega Lasse Braun lideraban un reducido pero efectista grupo de pornógrafos decididos a luchar contra la corrección política. Ella, con su lencería de encaje blanco “que simboliza la pureza del alma” y su osito de peluche se convirtió en una suerte de heroína. “Ilona Staller es siempre y solo Cicciolina, una auténtica y romántica paladina de la liberación sexual y contra el prohibicionismo de los años 80. Diosa de excesos y provocaciones, luché contra la censura, la respetabilidad y los falsos pudores con audacia, pop y glamour”.


El director y guionista Carmine Amoroso la frecuentó en aquella etapa y constata esta afirmación de Staller. “Ella encarnó la materialización de un sueño: el sexo sin pecado. Era una nueva Eva que veía el sexo como algo natural, normal, como el agua, las plantas o la comida. Su frescura y su simplicidad personificaron una utopía popular y su cuerpo, las fantasías eróticas de millones de hombres”, opina el autor del documental Porn to be free estrenado hace unos meses y que narra las vicisitudes de aquella época. En un tiempo en el que, recuerden, Internet no existía, Cicciolina era como “Minnie Mouse o Daisy Donald” para mayores de 18.

“En mi vida he hecho prácticamente de todo a nivel artístico. Soy muy positiva y estoy dotada de un carácter dulce y leal de verdadera Sagitario. No tenía en mente un icono a quién parecerme, era yo misma y solo quería dar lo mejor, sin comparación. Me he realizado con mi gran talento”, asegura Cicciolina, que llegó a ser tan popular entre los amantes del porno como entre los televidentes de la RAI, la televisión pública italiana, donde entonaba sus canciones enfundada en sugerentes túnicas de gasa o con uno de sus atuendos favoritos: tanga y hombreras. Con esa facha actuó en España en el clímax de su popularidad, cuando acababa de ser elegida diputada.

“Se empeñó en salir al plató con un tanga tan ceñida que entre la estilista y yo tuvimos que disuadirla”, recuerda Angel Casas. El periodista invitó a Cicciolina a su espacio en TV3 Angel Casas Show en 1987 y fue a recogerla al aeropuerto de El Prat. “Me sorprendió el osito de peluche del que no se desprendía. Debía haberse arrastrado por decenas de rodajes porno... Y estaba sucio, sucio, sucio”. Casas pactó con ella que, en un determinado momento, mostraría sus pechos en antena. “La pregunta clave era: ‘¿Cuál es su principal atractivo político?’.

A ella se le olvidó y se puso a elucubrar sobre el amor y la paz en el mundo mientras yo le señalaba el seno cuando estábamos fuera de cámara. Al final la enseñó. Ya lo había hecho nada más bajar del avión, cosa que yo le recriminé: ‘Pero hombre, eso hazlo en directo, en el programa’. Siempre mostraba la izquierda. Jamás la encontré sexy, pero sí muy inteligente. No tanto como su colega Moana Pozzi, cuya muerte en 1994 suscitó varias teorías conspirativas por su relación con los políticos más conspicuos de Italia. El mundo del porno es muy complicado, hay muchos abusos de género. Y ellas fueron precursoras. Dirigieron sus carreras y tomaron sus propias decisiones”.

El viaje de Cicciolina a Barcelona desató la polémica en la formación política que acababa de auparla al Parlamento. “Vino sin el permiso de su partido, a los dos días de firmar el acta de diputada, y le costó una enorme bronca telefónica de Marco Pannella. Fue muy curioso verla discutir acaloradamente en tanga, en uno de los despachos acristalados de TV3, con la mitad del personal arremolinada alrededor. Era su forma de ser”, recuerda Casas.


En el Parlamento, Cicciolina se codeó con Pannella, con Emma Bonino o con Giulio Andreotti. Sus imágenes el hemiciclo vestida con un sobrio traje sastre con la falda por debajo de la rodilla saludando al entonces presidente del Consejo de Ministros son ya historia. “Andreotti sentía una admiración especial por mí. Era un hombre muy culto que enseguida me felicitó por mi elección”. Eso sí, ni siquiera Il Divo la disuadió de lucir su corona de flores.


*Lee el texto completo en la edición impresa de octubre 2016.