Chris Hemsworth: un hombre... y medio

Descubrimos cuál es el secreto del actor que pronto se convertirá en estrella.

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En el mes de marzo, Chris Hemsworth, de 32 años, hizo de presentador invitado en Saturday Night Live. Todo el programa fue excelente, pero la mejor parte fue una parodia de esos comerciales de American Express en los que sale un famoso que se presenta con actitud modesta, sencilla, como si diera a conocer su auténtico yo. Unos anuncios que en realidad están muy estudiados, llenos de autocomplacencia y de trucos propios del mundo del espectáculo. En esta parodia, Chris Hemsworth interpreta a un Chris Hemsworth que va narrando los diversos obstáculos con los que se ha encontrado en su camino al éxito. Con la típica voz en off de fingida modestia (la que mejor funciona para fanfarronear, queridos), el actor declara: “Cuando llegué a Hollywood, me dijeron que nunca triunfaría como actor. Aseguraron que era demasiado alto, demasiado rubio, que tenía los músculos demasiado desarrollados”. El público soltó grandes carcajadas al oír esta frase. Y ¿por qué no? Era graciosa e inteligente. Al fin y al cabo, el atractivo físico de Hemsworth es tan grande que no se puede negar ni ignorar. De hecho, casi roza la parodia, así que ¿por qué no parodiarlo?

Entre todas las estrellas de cine actuales, Hemsworth es el que tiene más aspecto de galán cinematográfico. Sí, soy consciente de que los cánones de belleza son subjetivos, también sé eso de que la belleza está en el ojo de quien mira, etcétera. Pero si Hemsworth no es el más apuesto de todos los guapos de la gran pantalla, entonces ¿quién lo es? Channing Tatum está bueno, tiene una tremenda energía y posee un atractivo sexual inmediato, directo, arrollador; en ese sentido, Tatum es el ganador. Bradley Cooper es el chico que te resultaba inalcanzable en la universidad. Bueno, tampoco tanto … Cooper es de esos con los que igual tenías suerte si se había tomado una copa de más. O más bien dos. O tres. Sí, también es verdad que Ryan Gosling y Jake Gyllenhaal son, al igual que Hemsworth, rompecorazones de los de toda la vida, pero conforman una subespecie completamente distinta: son físicamente menos imponentes, sexualmente más apocados, tienden a encarnar a personajes solitarios y excéntricos. Y también está Tom Hardy, todo un hombretón que inquieta y perturba. No obstante, por mucho que Hardy tenga cuerpo de protagonista, su alma es la de un actor de reparto.

En el restaurante Geoffrey’s hay un camino de entrada que recuerda la Lombard Street de San Francisco: lleno de curvas y situado en una traicionera pendiente. Temiendo que el coche de mi chofer de Uber se ahogue antes de llegar al final, me bajo en la banqueta de la autopista Pacific Coast. Mientras camino, pasa a mi lado un hombre en moto que logra tomar todas las curvas cerradísimas sin ningún problema; después, se detiene con toda elegancia delante del valet parking. Baja del vehículo, se quita el casco y confirma lo que yo ya sabía: que es ÉL, el dios nórdico del trueno procedente de Australia (todo el mundo sabe de dónde es oriundo Hemsworth, ¿verdad?) Thor. Su piel es dorada; su cabello también; sus ojos, de un azul puro. Más de un metro ochenta de músculo y nervio, y no solo de músculo y más músculo, que es lo que aparenta en Thor.

Un rato después Hemsworth me hablará del examen que hizo para sacarse la licencia de moto: “Luke, mi hermano mayor, y yo estábamos charlando de esto el otro día. Él se reía; me decía que aquello era un ejemplo típico de cómo me preparo las cosas. Me habían comentado que, aunque sepas manejar muy bien la moto, te puede salir mal. Lo que te piden es que la lleves dos veces por un círculo bastante pequeño y estrecho, mientras te mueves en zigzag entre unos conos sin llegar a tocar el suelo. Dibujé el recorrido con un gis e intenté hacerlo; me dije: ‘Esto es bastante complicado, voy a reprobar’. Mis amigos me aseguraron: ‘Más o menos te sale’. Pero yo respondí: ‘Pero es que me tiene que salir perfecto, porque no hay una segunda oportunidad’. Así que me pasé los dos días siguientes describiendo círculos en zigzag”

Nos sentamos en la mesa, delante de unas vistas espectaculares, pero yo estaba demasiado distraída para apreciarlas. Echamos algunos vistazos (a los menús). Manoseamos (nuestros dispositivos: yo, la grabadora; él, su teléfono). Charlamos de cosas intrascendentes y escuchamos anécdotas intrascendentes: lo que fuera con tal de no empezar la entrevista. Pero empezamos. Hemsworth se crió en Melbourne, aunque pasó ciertas temporadas en la región interior de Australia; su padre trabajaba fundamentalmente en servicios de protección infantil, pero a veces también lo hacía con ganado (lograba que los búfalos deseasen no haber nacido nunca) o se dedicaba a hacer caballitos con la moto: básicamente, era un cruce entre un aventurero y un vaquero, un Cocodrilo Dundee de carne y hueso. Su madre era profesora de literatura inglesa. Él es el mediano de tres chicos, todos actores, y entre los que se encuentra Liam, el menor. “Luke empezó a actuar. Yo seguí su camino, y después Liam el mío. Tenemos suerte. Entre todos nos ayudamos, nos damos perspectiva y también nos damos los regaños necesarios”.

A los 18 años, con poca educación formal, Hemsworth consiguió un papel en Home and away, una longeva teleserie australiana, cantera de futuras estrellas de Hollywood. (Entre sus antiguos integrantes se cuentan Heath Ledger, Guy Pearce, Isla Fisher y Naomi Watts). El actor estuvo tres años interpretando al atribulado (¡pero sexy!) personaje de Kim Hyde, que vivía muy dominado por una pulsión de muerte, o quizá es que la muerte tenía una fijación con él. (Kim sobrevivía a un incendio, a dos accidentes de avión, a un ciclón y a una sobredosis accidental de éxtasis). La serie fue la escuela de interpretación de Hemsworth y el lugar donde adquirió las nociones básicas de lo que era la fama. (“Un sitio estupendo para ir conociendo estos rollos [es decir, para ser un ídolo adolescente], porque aquello no le importaba una mierda a nadie, pues solo era una telenovela y los celulares con cámara aún no se habían popularizado tanto”).

En 2007, Hemsworth viajó a Los Ángeles para tratar de triunfar a lo grande. Casi de inmediato le dieron el papel de George Kirk, el hombre que enseñaba al capitán Kirk (o que le habría enseñado, si no hubiera perdido una temeraria carrera contra otra nave espacial) a lanzar una pelota de béisbol, a hacerse el nudo de la corbata, a ponerse un preservativo y todos esos rollos entre padre e hijo, en la nueva versión de Star Trek, de J. J. Abrams (2009). Fue un inicio prometedor, aunque fallido. “Hubo ocho meses en los que todo se quedó parado. Me fui angustiando cada vez más. Estuve a punto de tirar la toalla. Tenía una audición antes de Navidad y, mientras subía al avión, pensé: ‘Esto me importa una mierda. Estoy harto de preocuparme’. La verdad es que ocho meses tampoco son una eternidad. En el anuncio de Saturday Night Live, el actor se tomaba a risa la idea de que lo había pasado mal: ‘Yo no llegué a lo más alto de la noche a la mañana. Pasé varios días dando vueltas por todo Hollywood”.

Pero ocho meses también son un periodo considerable, sobre todo para una persona de naturaleza inquieta. Quien acudió al rescate del intérprete fue el director, guionista y productor Joss Whedon, que descubrió a Hemsworth definitivamente. Whedon, junto a Drew Goddard, le ofreció un papel en el largometraje para el que el actor había hecho aquella audición antes de abordar el avión, La cabaña del terror. Una obra tan sensacional como sangrienta en la que se ofrece una nueva versión del género denominado torture porn: de terror, lleno de vísceras y mal gusto (y menudo género). Whedon declara: “En cuanto rodamos un primer plano de Chris, Drew y yo nos miramos y dijimos: ‘Madre mía, es una estrella de cine”.

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