Una marquesa

Aquí estamos amenazándoles con la expropiación y el kibutz o esperanzándoles con la llegada de la justicia universal.

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Charlo con un amigo traductor sobre novelas grandes y novelas pequeñas. O mejor dicho, sobre autores empeñados en crear la Gran Novela y las novelas que son obras maestras precisamente por la forma en que nos conmueven con los detalles, en que construyen los personajes a través de sus esperanzas, sus miedos, sus torpezas, su generosidad. Mi amigo traduce a Conrad, así que todo lo que no alcance el nivel épico de El corazón de las tinieblas seguramente le resulta entre frívolo y provinciano. A mí, que siempre me consuelo en un mal día con alguna de las Mitford, la épica me produce cierta incomodidad, cierta sospecha. Me interesan más las minúsculas que las mayúsculas, la mirada que se para en los recovecos, que construye con gestos, con diálogos, con letra pequeña.

Las grandes historias necesitan, creo, detalles sólidos, pinceladas firmes, personajes fabricados con idas y venidas, con contradicciones, con gestos minúsculos que terminan haciendo creíbles mezquindades infinitas o entregas heroicas. Vivimos tiempos épicos. Y lo digo, me perdonará mi amigo, en el peor de los sentidos. Muy lejos de Conrad, muy lejos de Tolstói, muy lejos de Dumas. No es ni el mejor ni el peor de los tiempos, sino un tiempo mediocre que queremos impostar, construir con carteles luminosos, con frases hechas, con tópicos manidos. La regeneración, la honestidad, la transparencia, el cambio... son palabras difíciles que requieren sólidos personajes para no resultar tan patéticas como un mal lifting.

A nuestro alrededor se multiplican las tramas pero nuestros villanos no conspiran con la inteligencia y la sutileza que se supone a los malvados. Cuentan 
billetes en voz alta y clara. Los nuevos personajes no aparecen con la brillantez del secundario que termina oscureciendo al protagonista y siendo recordado más allá de las páginas que haya ocupado su personaje, sino que se hinchan y deshinchan como en las malas telenovelas, dependiendo de la audiencia que hayan conseguido en el capítulo anterior. Los viejos actores no interpretan papeles nuevos y memorables, sino que se aferran a las viejas sagas con la desesperación de Johnny Weissmüller a Tarzán. Y aquí estamos nosotros, los narradores, contándoles que llega el Génesis o el Apocalipsis dependiendo del evangelista que nos creamos o del telepredicador que nos pague. Amenazándoles con la expropiación y el kibutz o esperanzándoles con la justicia universal. Recurriendo al vocabulario de los comisarios políticos de Ninotchka o citando a Goebbels, según convenga. Titulando con la ley que castigará la práctica del golf con penas de cárcel o augurando la vuelta a la virtud filosófica del Ágora romana en cuanto redecoremos el Palacio de Cibeles.

Leo La formación de una marquesa, de Frances Hodgson Burnett, una de las autoras favoritas de Nancy Mitford y que ha traducido mi amigo entre una Gran Novela y otra y disfruto, durante doscientas páginas, de una historia pequeña que encierra generosidad y maldad, inocencia y perversión, inteligencia y autodestrucción. Disfruto de una historia imposible con final feliz que me creo en cada línea porque está dibujada con la autenticidad que tanto echamos de menos. La que solo es capaz de crear el talento.