¿Qué ha pasado con la carrera de Anthony Hopkins?

El actor, que hoy llega a los 78 años de edad, lleva más de veinte años sin hacer una buena película.

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No falla. Si le preguntamos a cualquier persona de mediana edad cuáles son sus actores favoritos, las probabilidades de que responda "Anthony Hopkins y Meryl Streep" son enormes. Tan altas como la probabilidad de tomar una película de Anthony Hopkins al azar y que sea malísima. La aceptación mundial de que Hopkins es uno de los mejores actores vivos es un frívolo fenómeno muy habitual por la misma razón por la que en cada nueva película de Nicole Kidman nos ilusionamos creyendo que habrá recuperado la expresividad: encadenó películas tan icónicas hace años que se ganó para siempre la medalla de "gran actor". Un título que él ha rentabilizado mediante una filmografía lamentable.

Por cada El silencio de los corderos, Regreso a Howard's End o Lo que queda del día (por poner el ejemplo de sus tres nominadas al Óscar consecutivas), Hopkins tiene cinco Instinto, Corazones en la Atlántida o El rito. Una cosa es hacer concesiones comerciales aportando prestigio al cine de entretenimiento, y otra hacerlo con semejante desgana y sin ocultar que en lo único que está pensando mientras recita sus diálogos es en el tamaño de la piscina que se va a construir con el sueldo. Ya sean los 5 millones que cobró por una escena en Misión Imposible 2 o los 15 que se llevó de El hombre lobo.

Los últimos 20 años (y 20 años son muchos) de su carrera son una falta de respeto a la profesión que él no oculta. Hopkins asegura que para él actuar es un trabajo que sólo hace por dinero, agotado ya de involucrarse emocionalmente con sus personajes. Cuando sí le importaba la interpretación, desplegaba una solemnidad sentimental incomparable, fruto de una certera intuición como actor. Para construir a Hannibal Lecter, aprendió del asesino Charles Manson a no parpadear nunca, y enseguida se dio cuenta de que Jodie Foster se sentía atemorizada si imitaba su acento.

Pero ese prestigio, que le costó 24 años de profesión alcanzar, queda ya muy lejos. Nadie considera que su presencia en el póster de una película sea garantía de nada. A él no le importa. Una vez alcanzó la gloria, parece que dejó de preocuparle, y sólo quiere dinero. No hace del padre de Thor porque la película tenga ecos shakesperianos. Lo hace porque sus negociaciones para hacer de Mr Frío en Batman y Robin, Alfred en Batman Begins o Jor-El en Superman no le dieron todo el dinero que él quería. No hizo Hannibal porque le gustase el guión, sino porque “el estudio insistió mucho y me ofrecieron 15 millones, así que dije que vale”.

El respeto que el público aún tiene a Anthony Hopkins viene dado por dos motivos: no conocen sus últimos 15 años de carrera y/o se sienten abrumados por la cantidad de personajes históricos que ha interpretado. “Si hace tanto biopic, debe de ser un gran actor”, pensarán muchos espectadores ante sus encarnaciones de Adolf Hitler (El búnker), Richard Nixon (Nixon), Pablo Picasso (Sobrevivir a Picasso) o Alfred Hitchcock (Hitchcock). Una mentalidad que entronca con el prejuicio de los que creen que si un actor hace muchas comedias es porque no sabe actuar.
Lo decepcionante de ver a Anthony Hopkins acomodarse así es que pocos actores han ofrecido una emotividad tan digna en pantalla como él durante sus buenos años. Sí, durante esos tres años en los que podía representar la perversidad más fascinante o la frustración de la contención de los sentimientos a la que son tan proclives los británicos. Un magnetismo que le dio el Óscar como actor protagonista cuando sólo estaba 17 minutos en pantalla, pero la influencia de su Lecter asfixiaba cada plano de la película aunque él no estuviera en la escena. Hopkins ha cometido un error peligroso en cualquier profesión: creer que hay trabajos de primera y trabajos de segunda. Creer que hay películas y papeles que no se merecen su talento a pleno rendimiento, solo su presencia vacía.

La primera de esa (aparentemente adictiva) costumbre fue Leyendas de pasión, un épico homenaje al pelo de Brad Pitt en el que Hopkins se paseaba sin importarle ninguno de sus tres hijos, ni la trama de la película, confiando en que su trabajo sería solvente por el mero hecho de que era Anthony Hopkins, el mejor actor del mundo. Le tomó el gusto en La máscara del zorro, donde parecía estar hasta avergonzado de aparecer, y desde entonces no hemos vuelto a ver a ese actor majestuoso capaz de convertir los sentimientos en una obra de arte del que tanto disfrutamos en, insisto, cuatro películas.

 

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