'Creo que la venganza, aún cuando se logra, deja siempre un gran vacío'

En una charla íntima, Alejandro G. Iñárritu nos habla de sus pasiones, la venganza y cómo fue trabajar con DiCaprio.

Evoca más a un príncipe renacentista del siglo XV que a un realizador contemporáneo enfrentando desafíos en la industria de Hollywood. En parte es su look: bigote y barba de candado, el cabello en desorden con algunos signos de canas, vestido de manera casual, todo de negro, y portando un anillo de oro blanco con minúsculas incrustaciones de diamantes. Pero también por el entusiasmo exultante con el que habla sin mayores preámbulos de los temas que más le apasionan: la música, la literatura, la política, y por supuesto, el cine. En la suite del hotel boutique donde se hospeda durante una breve visita a Nueva York, se permite reflexionar con serenidad sobre su nueva película, The Revenant, que filmó en las montañas de Calgari, Canadá y Argentina, e integrando en el reparto como protagonista a uno de los actores más destacados de Hollywood, Leonardo DiCaprio. Iñárritu sabe que le aguardan días intensos de conferencias de prensa y entrevistas para promover la cinta. Pero hoy habla casi con cierto placer catártico. Una fase crucial de su proceso creativo ha concluido y debe prepararse para la siguiente etapa como si se tratara de un atleta.

Si algo lo caracteriza es su férrea disciplina. Precisamente The Revenant, con la actuación estelar de DiCaprio y Tom Hardy como antagonista, y la dirección de fotografía de Emmanuel “El Chivo” Lubezki, vuelca de nuevo los reflectores sobre Inárritu. No es para menos: justo antes de su estreno oficial, consiguió cuatro nominaciones para los premios Globo de Oro, entre ellas Mejor Director y Mejor Actor. Y esto parece ser solo el principio del toque Midas. Basada en la novela de Michael Punke con un guión del propio cineasta y Mark L. Smith, la cinta relata la historia de Hugh Glass, un cazador de pieles del siglo XIX que en una de las áreas montañosas más elevadas de los Estados Unidos, es atacado por un oso salvaje. Tras ser abandonado por quienes le acompañan, logra sobrevivir. Al recuperarse, decide desplegar una obsesiva venganza contra quienes le traicionaron. Historia real. Iñárritu rescata ese filón anecdótico con una fuerza explosiva e imágenes estremecedoras. Su cámara otea ese mundo con un acercamiento minimalista y en un lenguaje cinematográfico muy puro, casi sin diálogos y con cierta evocación a los orígenes del cine.

Quién habría imaginado que aquel joven aventurero y de espíritu renacentista que en los años 80 se resistía a concluir sus estudios universitarios y escuchaba casi como mantra las palabras de su padre, “Quien no estudia, termina de cineasta”, para que definiera una vida profesional, elegiría precisamente esa carrera. Iñarritu es cineasta. De alma. Antes de seguir, pide una taza de té verde. Tras el primer sorbo, continúa hablando con un entusiasmo sostenido de The Revenant, una historia que sólo necesitó inspirarse en la anécdota principal para vislumbrar cómo iba a resolver la cinta. “Una adaptación honesta es una traición. Si no la traiciono no estoy haciendo un trabajo honesto como cineasta”, explica casi como justificación. La frase es solo el detonador para proseguir. “Me ofrecieron leer un primer tratamiento del script”, cuenta, “y me llamó la atención; después busqué la novela y llegué a leer solo algunos capítulos. Pero me pareció un excelente vehículo para explorar la fragilidad humana a través del personaje de Hugh Glass, e intentar comprender qué motivaba su espíritu de venganza”.

Como si le importara subrayar de manera especial uno de los conflictos que enfrenta el personaje de la cinta, agrega filosófico: “El camino de la venganza es absurdo. Creo que la venganza, aún cuando se logra, deja siempre un gran vacío. Los westerns que culminan con la venganza como una victoria muestran una gran mentira. Creo que es lo contrario. La venganza no conduce absolutamente a nada”. Es inevitable preguntarle sobre su experiencia con DiCaprio. Se levanta del sofá para servirse más té y ése es el pretexto ideal para acentuar su entusiasmo al hablar de Leo, como él lo llama, aunque intenta contenerlo haciéndolo pausadamente. “Increíble. Es de las mejores experiencias de mi vida”, dice. “No solo su actuación es soberbia, pudo expresar con el cuerpo la mente de un personaje de una complejidad enorme, sino también reflejar momento a momento cómo desafiaba cada obstáculo. Leo piensa como un cineasta. Es un hombre absolutamente admirable. Tiene una vida intelectual, social, tiene una familia equilibrada… Me parece de una sencillez y una sabiduría muy grandes”.

*Descubre la historia completa en nuestra edición impresa de enero.