¿Por qué Facebook nos impide madurar y olvidar nuestro pasado?

Las redes sociales cada vez se refugian más en la nostalgia. ¿Lo demandan sus usuarios? Aquí las claves.

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Piensa en una pareja joven. Se vieron por primera vez durante una noche de fiesta. Se besan. Quedan un día y otro día. Se van a vivir juntos. Tienen trabajo, salen a cenar, van a conciertos, al cine... Están en la mitad de los veintes y piensan comerse el mundo. Pero no. El mundo se los come a ellos y se cansan de pelear. Si algo no funciona aquí, en el siglo XXI, lo tiramos. El amor hoy se parece mucho a Ikea. Antes amueblábamos las casas para toda la vida (ese aparador de caoba en casa de los abuelos), hoy preferimos comprar una estantería rosa a sabiendas de que la detestaremos llegado el momento (tal vez antes de salir de la tienda). Pero no es este el asunto del reportaje.

Pasa el tiempo y aquel romance acaba confinado en el cementerio donde se mueren de asco los muebles lowcost. Un día, aquella chica, ya con sus treintaytantos, rememora algo de la cotidianidad con su antiguo novio. Cualquier estupidez, una mosca que ha pasado, el sonido de una moto, le ha recordado que una vez en el salón él estaba cocinando mientras ella bebía vino y que fue un momento verdaderamente agradable, una imagen olvidada que rozaba, por lo tonto pero acogedor, lo sublime.

¿Y si hubieran seguido juntos?

La chica abre su perfil en Facebook y Facebook le ofrece un esquema de cada uno de sus días desde 2007, que es cuando todos ele dimos al Like. Vuelve a otras épocas y puede ver las fotos que se hicieron juntos, todos los selfies de cuando todavía se denominaban autofotos. La red de Zuckerberg, muy amable, le muestra su departamento diminuto en el centro, los pósters en la pared, el árbol de Navidad, el viaje que hicieron.

Aún más. Ella y todos sus amigos pueden ver los mensajes de amor que se envió esa pareja extinguida. No los privados, sino los del muro, los nimios, los más bonitos. Hacíamos mucho eso en los comienzos de Facebook. Eran así: “Yo compro el pan, ¿cómo te va?”, “la película es a las 7”. Las felicitaciones de cumpleaños, todos los 'Me gusta' de él a sus estados como una ceremonia de fidelidad, porque si uno publicaba algo en las redes, al otro inmediatamente debía gustarle. Es la forma que tenemos de decirnos que nos queremos en la era de internet. Falso: es la forma que tenemos de decirles a los demás que somos esa pareja maravillosa, de crear el relato de nuestras vidas digitales.

“Una canción, un olor... puede llevarnos a recordar hechos o personas de nuestro pasado sin que el resultado sea satisfactorio. Pero es tu cerebro el que está funcionando, no una máquina. Que un algoritmo decida de forma reiterada qué debe ser recordado provoca un sentimiento de indefensión”.
Como la chica imaginaria, cualquiera puede hoy espiar su propio pasado. Verte como el personaje de un libro y añorar, de pronto, al viejo héroe. Ahora eres tú, la misma persona que con toda esa parafernalia gráfica buscaba provocar las envidias de quienes te seguían, la que siente celos de tu existencia anterior. Así es, podemos reconstruir cualquier hora de nuestra juventud con un movimiento del dedo índice y es posible que sintamos un molesto resquemor.

En otras palabras, ¿cómo vamos a asumir la madurez cuando podemos ver todos los días el video de nuestro 25 cumpleaños, aquel baño en la playa en el mes de noviembre, si vamos a bailar la canción de moda de 2009 borrachos ad eternum? Nunca antes en la historia el pasado estuvo tan a nuestro alcance, un fósil digital al que podemos ver moverse si pulsamos el Play, como quien ve embelesado una cinta de Bogart. ¿Sólo Facebook? Para nada: la gente en el metro no es que no lea libros, es que ya sólo relee sus conversaciones de Whatsapp, su timeline de Twitter, sus miles de fotos almacenadas… Así las cosas, aquello de que uno se acuerda de su vida sólo un poco más que del argumento de una novela se acabó. Nos vamos a acordar de TODO.

Y se lo aseguramos: todo es mucho.

Atrapado por su pasado

Hay más. Las redes son perfectamente conscientes de esta nueva querencia por repasar lo acontecido, de nuestra adicción al ayer, por eso nos ayudan a acuciarla. Y, por otra parte, la nostalgia es un viejo valor comercial, muy querido por la publicidad. Si como 1.300 millones de personas en el mundo tienes perfil en Facebook, es probable que sus algoritmos te hayan recordado en varias ocasiones que hoy hace tantos años desde que tú y uno de tus contactos son amigos. Además, te invitarán a decirle algo al respecto de tu pequeño aniversario, a celebrarlo.

De la misma manera, están reflotando fotografías antiguas de tu perfil. ¿Y esto por qué? Se trata de una herramienta reciente llamada On This Day (la han traducido “Un día como hoy”) que te transporta a tiempos pretéritos. Como sucede con Timehop, que hace lo propio con ésta y otras redes (Twitter, Instagram, Foursquare, Flickr…) extrayendo tus propias efemérides. Del tal día se cumplen tantos años de la Toma de la Bastilla al hoy hace dos años que publicaste esta foto de tu gato, toda una reconversión de la práctica conmemorativa.

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