Todas estas personas revolucionaron el arte (y ninguno era artista)

Una modelo, una heredera, un poeta... Todos ellos transformaron el arte de su época.

Todos sabemos que a lo largo de los siglos ha habido grandes artistas visionarios que forzaron a la sociedad a replantearse cuestiones como qué era bello o feo, o incluso qué podía o no ser considerado arte. Seguro que se te ocurren nombres como Da Vinci, Goya, Monet, Picasso, Duchamp, Warhol… Pero no siempre recordamos a los hombres y mujeres que les inspiraron, que difundieron su obra y sus principios y que, finalmente, hicieron posible que las cosas se movieran en esta línea discontinua que es la historia del arte. Presentamos una pequeña selección de personas que, sin ser ellos mismos artistas, hicieron mucho por la evolución de la práctica artística.

Emma Hart Lyon, Lady Hamilton (1765-1815) / Modelo y performer

Lo admitimos: puede resultar poco políticamente correcto incluir una modelo en esta lista y contribuir a la perpetuación del rol pasivo de la mujer en el arte, ¡pero es que esta dama nos gusta tanto! Además, pocas veces se ha dado un caso tan intenso de simbiosis entre artista y modelo. La británica Emma Hart era lo que se ha dado en llamar una “aventurera”, esto es, una mujer de oscuros orígenes que consiguió ascender socialmente gracias a sus encantos: de éstos ella tenía muchos, y muy poderosos.

Modelo y bailarina, bellísima incluso para nuestros cánones actuales, amante de hombres poderosos, se casó a los veinticinco años con el rico Sir William Hamilton, que le doblaba la edad, para después conocer al héroe militar más admirado de Inglaterra en aquel momento, el almirante Nelson. Teatrera como ella sola, dicen las crónicas que para llamar la atención del prohombre fingió un aparatoso desmayo ante él (o, más bien, sobre él) al grito de “Oh, God, is it possible?”. Obviamente se hicieron amantes, y la relación duró hasta la muerte de él en la batalla de Trafalgar en 1805.

Otro de los hombres que cayeron bajo el influjo de este fascinante ser fue el excelente pintor George Romney, que la retrató de manera obsesiva, a menudo interpretando personajes históricos, literarios o mitológicos: Cleopatra, Cassandra, la maga Circe, el hada Titania... Viviendo en Nápoles, donde su marido estaba destinado como embajador, logró hacerse amiga de la reina María Carolina.

Allí se dedicó a deleitar a la alta sociedad en unos espectáculos en los que aparecía vestida como esos personajes de los cuadros de Romney, unas mezclas de danza, “tableau vivant” y mimo que se adelantaron a la performance y que hoy nos resultarían delirantes pero entonces hicieron furor. A Lady Hamilton le salieron imitadoras por todas partes. La moda despareció (aunque hubo un pequeño revival a principios del siglo XX), pero nos han quedado los cuadros de Romney, que ahora podemos ver como el perfecto diario de una obsesión. Pobre George, cómo debió de sufrir.

Gertrude Stein (1874-1946) y Peggy Guggenheim (1898-1979) / Coleccionistas y mecenas
Judías, americanas, millonarias, coleccionistas y mecenas, Stein y Guggenheim tenían mucho en común y sin embargo fueron dos mujeres muy distintas. Gertrude Stein era una intelectual, una escritora algo hermética, autora de poemas como el célebre “Sacred Emily”, que contiene la frase “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”. Su mayor éxito editorial fue un libro llamado Autobiografía de Alice B. Toklas, inspirada en la mujer que fue su amante y musa, y con la que vivió en París después de haberse separado traumáticamente de su hermano Leonard, también mecenas y experto en arte.

Por su casa pasaron artistas como Picabia, Braque, Gris o Picasso, su gran amigo, que le hizo un célebre y poco favorecedor retrato. A la promoción de la obra de estos y otros artistas de vanguardia consagró gran parte de sus esfuerzos vitales.

Por su parte, Peggy Guggenheim era una mujer excéntrica y vividora, aficionada a mantener affaires con los artistas. Con alguno de ellos, como Duchamp, incluso se casó. Pero, más allá de su peculiar imagen y sus gafas llamativas, tuvo un papel esencial en la difusión del arte de vanguardia en la primera mitad del siglo XX.

Utilizó la sustanciosa herencia familiar (su padre murió en el hundimiento del Titanic) para adquirir una impresionante colección artística siguiendo los consejos de sus amigos, amantes y maridos, y abrió varias galerías, primero en Londres y París y después en Nueva York (“The Art of This Century”), que se convirtió en caja de resonancia de las vanguardias europeas en su país natal.

Acabaría estableciéndose definitivamente en Venecia, donde abrió un museo que hoy pertenece a la Fundación Solomon R. Guggenheim, como los de Nueva York o Bilbao. Aunque a menudo no la tomaban muy en serio y la trataron con algo de displicencia, lo cierto es que artistas tan variados como Calder, Cocteau, Pollock, Brancusi, Arp, Mondrian o el propio Duchamp deben a Peggy Guggenheim gran parte de su éxito comercial.

André Breton (1896-1966) / Escritor y pope surrealista
“¿Cuándo llegará, señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?”. “Exijo que me lleven al cementerio en un camión de mudanzas”. Estas y otras frases del estilo fueron publicadas en 1924, formando parte del Primer Manifiesto Surrealista, cuyo autor era el poeta francés André Breton. Él sería desde el inicio el cabecilla de uno de los movimientos artísticos más influyentes del siglo XX, un cóctel de irracionalismo, psicoanálisis y marxismo tan confuso como fascinante al que se adscribieron artistas como Magritte, Miró, Buñuel o Dalí (que, por cierto, sería expulsado del grupo por su desmedido amor al dinero y su apoyo al fascismo).

En ese mismo documento, Breton declaraba no creer en la posibilidad de la aparición de un “pontífice surrealista”. Sin embargo, en la práctica se comportó como un Papa, sometiendo a juicios sumarísimos y decretando la expulsión de todo aquel que en su opinión contradecía los dogmas que él mismo había promulgado. Publicó varias revistas donde él y sus fieles escribían artículos basados en su ideario, e incluso abrió una “Oficina de investigaciones surrealistas” que sirvió como lugar de reunión del clan, y una galería llamada “Gradiva”.

Allí se organizaron algunas de las exposiciones más originales y maravillosas de la historia del arte. Con la II Guerra Mundial, muchos de los miembros del grupo emigraron a Norteamérica, que acogió esta novedosa estética con los brazos abiertos. Se produjo entonces un auténtico “boom” surrealista. Buñuel escribió en sus memorias que el surrealismo había triunfado en lo accesorio, pero había fracasado en lo esencial. Es decir, que lo que los surrealistas pretendían era cambiar el mundo, dinamitando la sociedad burguesa y sus instituciones, y a cambio lo que consiguieron fue arrasar en la publicidad, la moda o la decoración teatral. Hoy todos tenemos una idea más o menos precisa de qué es una situación surrealista, o incluso una obra de arte surrealista. Pues recordemos que esto se lo debemos a un poeta que escribió “Únicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme”.

Descubre más personajes que revolucionaron la historia del arte.