La nueva vida que James Bond le dio al Día de Muertos

Con la globalización muchos rasgos tradicionales mexicanos fueron revalorados por la clase media: el tequila, el mezcal, la lucha libre, las cantinas, la imagen de Frida y, claro, el Día de Muertos.

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“Igualito que en las películas”. Así se dice cuando alguien quiere evocar en otro una imagen mental que ambos comparten aunque no se conozcan, una suerte de pasto fresco de libre consumo. Y el recurso funciona, incluso si uno no ha visto la cinta aludida. Ahí está, por ejemplo, la escena icónica en la que una poseída adolescente gira la cabeza 360 grados: “El mezcal de anoche me cayó pésimo. Me siento la chava de El Exorcista”. Se trata de una suerte de esperanto visual, de bagaje de cultura que se vuelve moneda de uso corriente.

Bueno, esta semana los mexicanos podremos sumar un elemento más a nuestra película de identidad y se lo vamos a deber a James Bond. Resulta que su filme Spectre, que se estrenó en noviembre de 2015, abre con imágenes de un animado desfile del Día de Muertos en la capital mexicana, en algo que deja ver tanto un rabioso sincretismo con Halloween, como un gasto sin medida, del tipo hay-que-tirar-la-casa-por-la-ventana.

En las primeras escenas, una inmensa calaca con sombrero camina entre un tumulto de disfraces que refieren a la Huesuda mientras, a la derecha, varios músicos sudan una batucada. En contrasentido viene un difunto vestido de blanco y un hombre en el mismo mood, pero en negativo: lleva máscara de calavera, bombín y traje negro, sobre el cual alguien dibujó soberbiamente esternón, costillas y pelvis. Junto a él camina una mujer Catrina style: antifaz, guantes negros, diadema con flores en la frente, en clara referencia a los grabados de José Guadalupe Posada.

A los cinco minutos de la proyección, el tema se vuelve redundante, cacofónico: rodeado de miles de esqueletos, con la flema y las explosiones de rigor, Bond manda a varios a la banqueta de enfrente. Y es que Sam Mendes, director de la más reciente entrega del espía británico, seguro quiso inscribir en el inconsciente universal un espectáculo mexicano como el que le gustaría que hubiera en torno al 2 de noviembre, una representación paradigmática, tipo parade de Disneylandia.

De cómo crear de golpe una tradición

El problema radica en que la gala del 007 no existe, es decir, no existía el año pasado, cuando se estrenó la cinta. Era un mero alu-cine de director de ídem. Pero alguien con una inagotable de creatividad tuvo la idea de hacer uno idéntico, “igualito que en la película”, y convertirlo en la mayor verbena oficial del país. Así que este sábado 29 de octubre, a partir de las 3 de la tarde una megacaravana saldrá del Ángel de la Independencia para llegar a la ofrenda monumental del Zócalo. Habrá, dicen, marionetas gigantes, alebrijes, música y carros alegóricos. Además aprovecharán la utilería empleada en el filme, sobre todo porque, según reportó en su momento El Universal, el gobierno local dio a la productora 14 millones de dólares en incentivos para que San Sam (qué tino de nombre) modificara el guión y filmara los primeros minutos de Spectre en la capital mexicana. Hay que desquitar, pues.

Retomo el concepto con el que arranca este texto: para 2016, en la cabeza de millones de personas que vieron la cinta de Bond, quizá el Día de Muertos esté asociado a una fiesta popular vistosísima. Y para subrayar esa imagen habrá en Internet un número casi infinito de fotos y videos de la procesión mientras recorre el centro de la ciudad. Si tengo voz de profeta de probeta, de golpe se habrá construido una tradición que tal vez nos acompañe por décadas. Si en general las costumbres culturales dependen del largo aliento, ésta se habría ido por el fast track, propio de los tiempos que corren. Por qué no.

Visto de cerca, el seudocarnaval evidenciará muchas cosas, entre ellas, la síntesis mexicana entre la celebración tradicional de difuntos y el Halloween. En otras palabras, va a brindar un nuevo ángulo del pueblo mestizo que en su momento incorporó dos culturas y fue ni una cosa ni otra, sino una tercera, más rica. Hasta hace no muchas décadas, nuestro corazón sumaba la doble herencia que nos da forma: prehispánica e hispánica, más un acentito francés medio chueco, aunque digno de presumir. Ahora pareciera que nuestra alma es más que nunca tricolor: al rojo y el verde, sobre fondo blanco incorpora el vibrante azul, además de una que otra estrella. ¡A rasgarse las vestiduras! ¡Se contamina nuestra esencia más nítida, la tradición más inmarcesible! ¿De veras?

De cuando la calaca no era cool

Conviene analizar el asunto por partes. En 2003, la fiesta indígena del Día de Muertos fue proclamada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero no siempre los mexicanos-hijos-de-la-Conquista, por decirlo bonito, nos llevamos tan bien con los finados, no siempre fueron #LoNuestroLoNuestro. El antropólogo José Eric Mendoza Luján analiza la historia del tema en el artículo “Que viva el Día de Muertos. Rituales que hay que vivir en torno a la muerte”, incluido en el libro La festividad indígena dedicada a los muertos en México, editado por Conaculta.

Ahí señala que, originalmente, el ritual prehispánico que hoy asociamos con el 1 y 2 de noviembre anticipaba la cosecha del maíz, tras meses de verlo crecer. Se trataba de una celebración importante, que incluía comida y bebida (¿se puede brincar sin brindar?). También ofrecía una buena excusa para “compartir” los primeros frutos de la tierra con los familiares ya fallecidos que pasaban de visita, aunque la idea que se tenía entonces de la defunción no se parecía al concepto contemporáneo: ya Octavio Paz señalaba en El laberinto de la soledad que “para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no eran tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa”. 

En fin, con la llegada de los españoles y la imposición del catolicismo, la fiesta indígena se fusionó con la de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos, que arrastraban varios siglos de tradición europea. Las comunidades autóctonas fingieron que dejaban de lado sus rituales para adoptar los católicos y hallar, ¡oh, hados!, que en el centro del cristianismo está una muerte: la crucifixión. Entre los resquicios de ambas culturas se gestó la bonita mezcolanza que somos los mexicanos de hoy.

Por mencionar un botón de muestra: las culturas mesoamericanas que levantaban el altar llamado tzompantli con cráneos verdaderos tuvieron que buscar otros materiales para elaborarlo. La técnica de las calaveritas de azúcar es de origen europeo, de modo que el dulce tan típico de estas fechas es muestra palpable del híbrido que resultamos ser.

 

El asunto es que tanto a lo largo de la Colonia, como en los primeros cien años siendo país independiente y durante la mayor parte del siglo XX, la celebración de muertos se mantuvo viva en México pero no era chic, porque se asociaba con la superstición, con la ignorancia. Es decir, carecía del glamour que desde los años ochenta acompañó al Halloween, por lo que entonces ningún clasemediero la reclamaba como territorio propio.

Luego algo cambió. Si en aquel entonces no era cool, en este entonces, sí lo es. En entrevista, el historiador y escritor Alejandro Rosas señala que en la década de 1990, como resultado de la globalización acelerada, muchos rasgos tradicionales mexicanos fueron revalorados por la clase media, en una especie de vindicación natural de lo propio frente a lo ajeno. Así, de pronto se puso de moda el tequila, que antes era bebida de los estratos sociales bajos (luego ocurrió lo mismo con el mezcal). Entonces todo el mundo se apropió de la lucha libre. Y de las cantinas. Y de la imagen de Frida. Y, claro, del Día de Muertos.

Los difuntos dejaron Pátzcuaro para lanzarse a la capital, donde la festividad rebasó los panteones. Las ofrendas con papel picado, comida, veladoras y alcohol, que no formaron parte de la infancia de quienes crecimos en los años setenta y ochenta, en un corto periodo tomaron escuelas, hospitales, hoteles, Ciudad Universitaria, vaya, hasta el Zócalo. La fecha se volvió afirmación nacional.

De cuando lo ajeno es sospechoso

Hasta ahí todo muy bien, afirman los adalides de la más pura mexicanidad. Pero, ¡¿que James Bond nos coma el mandado?! ¡¿Que nos apantalle un güerito ojiazul?! Nos duele la dignidad. A los defensores de la raza de bronce les nace en el pecho un canto indígena (da igual si es en náhuatl o en español) y pregonan, estridentes: “Todos contra la verbena de Sam. Defendamos la tradición más auténtica”. Perdón, sólo por tenerlo claro conviene preguntar: ¿la raíz prehispánica? ¿O la española? ¿O la mestiza de la Colonia? ¿O la que se ha ido entreverando con el Halloween? ¿O cuál?

Sí, lástima que a nadie se le haya ocurrido antes hacer un carnaval de esqueletos, con lo lucidor que va a resultar. Tenía que venir el espía de ficción a darnos la idea pero, ya que estamos en ésas, sin duda va a generar un considerable (y vistoso) ingreso para la ciudad. El dinero vendrá, por una parte, del bolsillo de mexicanos sólo interesados en el desmadrito y de turistas que se mueren (ja) por confirmar que México es el vecino tétrico, troglodítico, el que se burla de la huesa y encima juega con ella (o se pone debajo, no seamos exquisitos).

Pero otro porcentaje importante saldrá de la cartera de extranjeros fascinados por nuestro país y de mexicanos que se pondrán pintorescos porque ahora sí es nice, pero también porque no se trata de mera superficie, sino de una fiesta parecida a un enorme ahuehuete cultural, con raíces hundidas en varios siglos. ¿Que esta vez la inspiración vino del 007? Qué más da.

En estos días he oído lamentaciones y furias varias contra el romance que sostienen el Día de Muertos y Halloween, algo así como el alegato de la esposa celosa: “Si no es conmigo, es contra mí”. Aunque acredito la noble intención de defender los humores patrios, de veras no veo motivo para sacar el látigo ante los Hombres Lobo que seguro le echarán los perros a las Catrinas y Lloronas del desfile, quizá incluso a ritmo de reguetón. En serio, pregunto: ¿se pone en riesgo nuestra solidez cultural por disfrazarnos de Drácula? ¿De veras amenaza nuestra identidad que los zombies convivan con las calaveritas? ¿Que los alebrijes se lleven bien con los fantasmas?

Veo dos posturas contrapuestas, que no sólo aplican a las fiestas de muertos. Una dice que el contacto cultural, sobre todo con el país del norte, es nocivo. Que “el otro” siempre es menos que uno, más sospechoso. Que le debemos una fidelidad monógama a “la tradición”. Que haríamos bien en construir un muro que nos aísle de toda influencia ajena (ay), con el fin de conservarnos castos. No sé, me suena patéticamente actual.

El otro punto de vista señala que una cultura revela su vigor cuando recibe y cuando da. Que la diferencia suele enriquecer. Que las facciones más oscuras que nos han configurado como nación son las que temen las ideas que no son propias. Que mantener la tradición no es encerrarla en un mueble de anticuario, sino vestirla de presente. Sin duda me inclino por ésta, sea que hoy comprenda fantasmitas y mañana, quizá, un dragón chino en Paseo de la Reforma. Aunque sea por experiencia curricular.

La mexicanidad no “es”. Más bien “va siendo” de quien se la adueña como un traje que se ajusta al cuerpo con seguritos, con pespuntes y, por lo mismo, es más que nunca propio. Las tradiciones no están escritas en piedra. Por eso sugiero que nadie se rasgue las vestiduras por el nuevo ancestral Día de Muertos. Aunque sea igualito que en la película de Bond.