Medellín, de la capital mundial de la cocaína a un destino de moda

Durante los 90, en la ciudad abundaban los homicidios y el narco, pero tras varios años, así renació esta urbe.

Al llegar a Colombia, la cordillera de los Andes, justo después de cruzar la línea ecuatorial, se abre como una mano en cinco ramales. En los tres dedos centrales los ríos y las aguas abundantes forman valles y mesetas. En la alta montaña el clima tórrido del trópico se atempera. Tal vez por eso las ciudades más grandes de Colombia están allí, en las tres cordilleras. Medellín, la segunda ciudad del país, a 1,500 metros de altitud, está tendida en un angosto valle del que sería el dedo corazón en el último orgullo de los Andes.

Tal vez por el clima, sin estaciones y más o menos perfecto todo el año, hay mucha gente que vive en este valle labrado por el río Aburrá: casi 4 millones en el área metropolitana. A finales del siglo pasado, en un estallido de locura adolescente, Medellín llegó a ser la capital mundial de la cocaína y la ciudad más violenta del orbe: su tasa de homicidios era como la de un país en guerra (300 por cada cien mil habitantes); su cártel, sus mafiosos y paramilitares (Pablo Escobar, Carlos Castaño) eran famosos por su sevicia sin nombre; la “bella villa de la Candelaria”, apacible a principios del siglo XX, se había convertido en un infierno que condensaba todas las violencias: delincuencia, guerrilla, paramilitares, narcotráfico, abuso y corrupción estatal.

Solo en 1991 Pablo Escobar, en guerra contra el Estado, hizo asesinar a mil policías y pagó un millón de pesos en efectivo por cada una de esas muertes. En la Plaza de Toros, en los parques, en los edificios públicos, estallaban bombas muchísimo más potentes y devastadoras que las que hoy hace estallar el ISIS en Europa. Vivían en ella tantos matones y sicarios que Medellín produjo incluso un nuevo género literario: la sicaresca. Alonso Salazar, Víctor Gaviria, Fernando Vallejo, Jorge Franco, entre otros, escribieron libros sobre sicarios, con el mismo fervor con que en España se escribía de pícaros en el Siglo de Oro.

Con el cambio de milenio, sin embargo, y de la mano de un alcalde iluminado (el matemático Sergio Fajardo) el rumbo de Medellín se invirtió. La ciudad enferma, casi un paciente terminal, empezó a recobrarse lentamente. Y ahora lo que consuela es que sabemos de dónde viene, y lo que ha mejorado en los últimos 12 años. A Fajardo lo sucedió otro buen administrador, Alonso Salazar (uno de los escritores de la sicaresca); luego han llegado otros dos alcaldes que no han renegado de esa importante herencia: Aníbal Gaviria y Federico Gutiérrez.

Este trabajo continuo en cultura, educación, servicios públicos y seguridad (bibliotecas en barrios populares, grandes colegios públicos de calidad, inversiones en transporte, el mejor servicio de agua y luz del país: miren la foto del embalse de El Peñol) han logrado que Medellín pase de 7,500 homicidios al año a menos de 500. Y ya salimos del ranking de las 100 ciudades más violentas del mundo. Es por eso que nos piden que expliquemos el milagro de esta resurrección de una ciudad desahuciada.

Hay que decir, ante todo, que antes de la barbarie ya había en ella un capital cultural y un amor al lugar (al paisaje, al clima, al verdor de las montañas, al mismo acento con que hablamos el castellano los “paisas”) que no permitió que todos aceptáramos pasivamente que los mafiosos, los corruptos y los violentos ganaran.

Desde hace siglos hay medellinenses ilustrados que han soñado con convertir a su ciudad en un sitio más acorde con las mejores tendencias de la modernidad: educación, salud, estado, no violencia, agua limpia, democracia. Las dos ciudades conviven. La de los mafiosos, los contrabandistas y los políticos corruptos, y la de los artistas, los empresarios, los médicos y los políticos iluminados.

En los años de peor decadencia ética, hubo una clase empresarial responsable (el llamado “Sindicato Antioqueño”) que no dejó que sus empresas (banca, cementos, seguros, alimentos, manufactura) fueran penetradas por el narcotráfico o la política turbia. Y un movimiento de resistencia civil, mezcla de intelectuales, academia, jóvenes, junto a un sector productivo sano, que se pellizcaron y formaran un movimiento liderado por Fajardo (Compromiso Ciudadano) que con una energía serena y benevolente, con una alegre ética del trabajo honrado, sedujo a la gran mayoría de la población.

Medellín no es una maravilla: la desigualdad, la falta de oportunidades, la pobreza, las bandas de delincuentes, el ruido, la contaminación, los atracos, siguen siendo heridas abiertas. Lo que ha cambiado es la proporción, el número, la tendencia. La ciudad convaleciente mejora y a veces incluso se embellece y se viste de gala.

Hay una Fiesta del Libro anual en el Jardín Botánico; hay un museo de ciencias (Explora) que merecería ser visitado en cualquier parte del mundo; hay bibliotecas donde los jóvenes leen, estudian y tienen acceso ilimitado a la red; hay dos líneas de metro, un tranvía eléctrico, buenas universidades públicas y privadas, varios teleféricos que suben a los barrios populares asentados en la parte alta de las montañas… Hay demasiadas motos, pero aumenta el movimiento de la gente que se quiere mover en bicicleta, pese a las cuestas; los árboles crecen rápido con las muchas lluvias y el sol perpendicular del ecuador; y la mayoría de la gente tiene un trato amable y festivo. Se puede comer bien, bailar salsa, cumbia, tango o merengue, se puede pasear hacia pueblos coloniales en el campo cercano, que es exuberante.

Quizá lo más complejo de Medellín sea la disputa por el centro de la ciudad. En una novela que estoy escribiendo, y que se inspira en él, un hombre de teatro trata de que las mafias del juego, la prostitución y la especulación inmobiliaria no se apoderen del corazón de la ciudad. Los museos, las librerías, los teatros, luchan para no morir ni ser desplazados de allí. Pero un poder oscuro, ligado a la política corrupta y al narcotráfico, también lucha por quedarse con la riqueza, real y simbólica, del centro.

Como en los cuentos infantiles, hay una lucha entre las tinieblas y la luz, entre la violencia y la benevolencia. No se sabe quién ganará, pero la alegría tendrá siempre una ventaja: el entusiasmo por lo bueno no se pierde ni siquiera cuando se pierden batallas. Y aquí seguimos, trabajando y escribiendo por una Medellín cada día mejor. ¿No quieren venir a ver? El sitio es raro, especial, y vale la pena mirarlo en sus contrastes claros y oscuros, pero con más luz que tinieblas, les aseguro.

*Texto publicado en la edición impresa de octubre 2016.