La loca, loca, loca historia del Tetris

Esta es la historia del juego que nos enseñó en qué consiste la adicción, un fenómeno millonario que nació en el comunismo.

"¿Qué sabes sobre mi país, Rusia?". La frase pasó a formar parte del repertorio cómico español en 2001, cuando el embajador de Rusia puso en un aprieto a Miss Melilla con una pregunta que la mayoría de los españoles no hubiese sabido responder ante un público ávido de vergüenza y humillación. La joven salió medianamente airosa al responder que había habido "cambios en la cuestión política" (que probablemente ni un ruso sabría explicar), pero todos nos quedamos con la sensación de que había desaprovechado una respuesta obvia que le haría ganarse el cariño del público y la satisfacción de aquel cruel diplomático: "¡Sé que inventaron el Tetris!".

Aunque el videojuego se vendió inicialmente para computadoras y máquinas Arcade de salas de juegos, fueron las versiones para la NES de Nintendo y sobre todo para el Game Boy las que lo hicieron popular a nivel mundial en 1990. Su mecánica es el ejemplo vivo de que lo simple es lo más efectivo: solo había que encajar las piezas que caían como un torrente desde la parte superior de la pantalla, con la dificultad progresiva que suponía que, a cada nivel superado, lo hicieran más veloz.

El juego cruzó el telón de acero en 1986, cuando un magnate británico adquirió los derechos, aunque desde 1984 era enormemente popular en Moscú. Su creador era Alexei Pazhitnov, el nombre que aparecía en la pantalla de inicio del videojuego y que todos los niños y adolescentes de aquella época nos aprendimos de memoria aunque no supiéramos cómo se pronunciaba. Pazhitnov se hubiera convertido en un hombre multimillonario por inventar el Tetris si hubiera vivido en Londres, París o Nueva York, pero resulta que la URSS de entonces metió en sus arcas del estado todas las ganancias que daban la ventas de licencias de aquella mina de oro.

En 1989 un tipo llamado Henk Rogers vio el juego en una feria electrónica que se celebraba en Las Vegas. Viajó a Moscú para conseguir la licencia en exclusiva (hasta entonces el descontrol se había hecho dueño de la situación y las maquinitas donde se podía jugar Tetris se multiplicaban sin ton ni son) para la marca Nintendo. Entonces, el gigante de las consolas estaba a punto de lanzar un producto portátil llamado a entretener y dejar ciego al mundo: el Game Boy. Éste incluyó todas las maquinitas de Tetris, y vendió 33 millones de copias. Al día de hoy las ventas de videojuegos se cifran en setenta millones y las descargas para smartphones y tablets en 100 (según datos de 2014).

La influencia del Tetris en la cultura popular es inabarcable. Tetris ha aparecido en los Simpsons, ha sido citado por Beyoncé como parte de su educación cultural y sus piezas forman parte del decorado de edificios y calles en decenas de ciudades del mundo. La famosísima melodía del juego fue remezclada por la banda Doctor Spin con una base dance y se convirtió en un sencillo que alcanzó el número seis de las listas británicas y sonó en Los 40 principales durante un verano entero. Se presentó en el programa Top of the Pops con bailarines que llevaban unos indescriptibles trajes con las figuras del videojuego.

¿Quiénes eran exactamente Doctor Spin? Por una parte estaba Nigel Wright, productor de Madonna, Barbra Streisand, Take That y Cliff Richard. Por el otro… Andrew Lloyd Weber. Sí, el de 'Cats'.

Por cierto, la idea creó tendencia: poco después alguien hizo lo mismo con la melodía del Super Mario Land (incluyendo letra y raps) y el tema llegó al número 8 en Reino Unido.

Pazhitnov no empezó a ver ingresos por el gigantesco éxito de su idea hasta 1996, cuando ya estaba establecido en los Estados Unidos. Ha recibido dos premios tan bonitos como dolorosos: GameSpot lo incluyó en el Top 5 de desarrolladores informáticos más influyentes de la historia. E IGN lo incluyó en su Top 5 de one hit wonders. Creó más videojuegos después del Tetris, sí. Pero tenían los siguientes nombres: Welltris, Hatris y Wordtris.

*Texto publicado originalmente en Vanity Fair España.