¿Qué genios de la moda están detrás de los looks 'presidenciables' de Hillary Clinton?

De un estilo trillado y conservador a una estrategia 'a la medida'; ¿en quién confía la candidata para que la vistan?

Hablar de moda en la política implica —injustamente— evaluar de manera cuidadosa al segmento femenino, pues no es lo mismo vestirse para ser primera dama que para ser presidenta (primera ministra) o canciller de un país. Así lo reafirma Hillary Clinton, candidata por el Partido Demócrata de los Estados Unidos y, aunque Cristina Fernández de Kirchner haya sido una notable excepción en la historia contemporánea, parece que si una mujer busca ocupar este papel y ser tomada en serio, la contienda también debe considerar su guardarropa.

La trayectoria de Clinton en el servicio público es sólida; cuatro años ejerció el cargo de Secretaria de Estado en la administración Obama y durante ocho fue senadora por el estado de Nueva York. Conforme subió de rango, sus atuendos también. ¿La encargada de hacerlo posible? Nina McLemore. Durante todo ese tiempo utilizó una paleta sobria en la que predominaban bloques enteros de negro, blanco y azul. En repentinas ocasiones se le veía llevando colores saturados que no podían pasar inadvertidos, como aquel fucsia con el que regresó al Departamento de Estado en 2013 un mes antes de decirle adiós.

Sin criticar el trabajo hecho por McLemore, había momentos en los que Hillary no podía evitar lucir como una elegante abuelita lista para ir al bautizo de sus nietos o para asistir al festival de cierre de curso escolar de los más grandes. Si bien dicen que hay que aprender a vestirse para la ocasión, la que se avecinaba era una muy importante y que no se repetiría en su vida. Puede que el consejo “vístete para el trabajo que deseas” sea alentador, pero no fue lo suficiente para Clinton, quien seguía en una zona de confort hasta finales de 2015.

Hace unos meses tuvo —por fin—que plantearse la inevitable pregunta: “¿Es mi forma de vestir suficientemente presidenciable?”. Como Dorothy, no había otro camino que recurrir al Mago de Oz. La respuesta la encontró nada más y nada menos que en Anna Wintour, quien de un consejo pasó a formar parte de su equipo de consultores en imagen. Fue ella la responsable de lograr que Clinton se arriesgara más, dejara a un lado las formas masculinas y apostara por —discretas— siluetas. Más adelante, la editora de Vogue US sería también la que decidiría la pauta a seguir; Hillary portaría con orgullo creaciones de diseñadores estadounidenses.

La elección de Wintour fue Ralph Lauren. ¿Quién mejor que un paisano para cumplir la patriótica misión? Pero sobre todo, respetando su estilo y su sello distintivo; el conjunto de saco y pantalón pero ahora con un fit más favorecedor. En las cuatro ocasiones más importantes de su campaña electoral llevó la etiqueta del diseñador: durante la primera reunión para las elecciones presidenciales se le vio de azul, toda de blanco en la Convención Nacional Demócrata y, haciendo frente a su contricante, en los dos debates que ha habido hasta ahora. En el del 26 de septiembre optó por un traje rojo y en el del 9 de octubre, uno azul marino con detalles en blanco.

Si bien sus opciones han sido atinadas, no todas resultaron bien recibidas y por mala suerte han dado un mensaje incongruente. Basta recordar el tremendo tropezón que ocurrió en junio de este año al presentarse en una recaudación de fondos con un abrigo Armani (que cuesta cerca de los 12,500 dólares, según Observer). El control de daños se hizo "reciclando" la prenda en posteriores apariciones en público.

Con ese fuego apagado y tomado como aprendizaje, se puede decir que la relación que Hillary tiene con la moda va viento en popa y a un buen ritmo, aunque se trate más de un poliamor con expertos que de un íntimo asunto de dos.