Es 2015 y sigo jugando al Candy Crush

No sirve para nada, no es complejo, no es una inversión útil de mi tiempo: sólo en un placer inmediato que no se puede compartir con nadie y eso es justo lo que necesitaba.

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Delicious, indeed.

Probablemente sepas de qué estoy hablando: el Candy Crush Saga es uno de los juegos para móviles y Facebook más populares del mundo. Tal vez lo tuviste descargado alguna vez y lo hayas jugado: en marzo de 2013 se convirtió en el juego más popular de Facebook. Puede que lo instalaras, jugaras durante unos meses y terminaste apartándolo de tu vida al considerarlo una pérdida de tiempo o irritado por no poder pasar una fase, irritación que el constante bombardeo de notificaciones de otros jugadores solo acrecentó. Más de dos años después, yo sigo jugando a diario.

Engancha. Esto es una obviedad, pero conviene remarcarlo. En el momento fuerte de la eclosión del Candy –primavera de 2013– su presencia en nuestras vidas era tan constante que proliferaron los artículos de prensa que intentaban explicar su éxito. Muchos lo achacaban a que sus protagonistas eran los caramelos y todo el mundo sabe el poder adictivo que tienen los dulces y la glucosa.

Ajá.

Por mí, el Candy bien podría estar compuesto de verduras o de gotas de aceite de ricino. La gracia está en el efecto satisfactorio inmediato que produce combinar y romper los elementos de brillantes colores, además del placer extra que supone que el juego sea táctil y puedas desplazar los caramelos con los dedos. Pero es un enganche sano. Recuerdo que algunos de esos artículos en prensa terminaban con el autor finalizando la cuestión con un: “Hay algunas fases tan complicadas que es imposible pasarlas sin pagar”.

Ja.

En todo este tiempo de fases consecutivas y mundos de dificultad diversa, jamás he pagado (ni conozco a nadie que lo haya hecho) por superar una fase o comprar movimientos o caramelos extra. Y certifico que no es necesario, aunque entendemos que eso es lo que los creadores de King (benditos sean) desean que hagamos para tener ingresos a cambio de todas las horas de entretenimiento que proporcionan. Y, aunque vaya muy en la línea de “tranqui, yo controlo”, he pasado temporadas largas sin jugar al Candy Crush (bien por estar viajando o trabajando en una ciudad a la que no me había llevado la tablet) tranquilísima, sin acordarme de él para nada ni tener el menor síndrome de abstinencia. Y he vuelto a él, sin angustias ni culpabilidad, por decisión propia, sólo porque me hace feliz.

Su funcionamiento es tan sencillo como el de una palanca. No hay ni que explicarlo, se entiende de un modo absolutamente intuitivo. Y en este mundo tan complejo en el que tenemos que ser un poco informáticos, un poco asesores fiscales, un poco administrativos y un poco sintonizadores de antenas, que algo sea tan simple y maravilloso como un maldito tres en raya es de agradecer.

Nos enseña que todo es posible con esfuerzo. No basta con combinar caramelos a la buena de Dios, no: conforme va aumentando la dificultad del juego hay que desarrollar estrategias y jugar con habilidad para lograr terminar las fases. ¿Exploto ya ese caramelo explosivo o espero a juntarlo con uno de colores?

¿Cómo puedo hacer para desplazar esta cereza hacia la izquierda? ¿Gasto este martillo de piruleta o me lo reservo para una fase más difícil? A veces, jugar al Candy puede resultar mentalmente agotador, y sólo hay un consejo posible para superar una fase en la que se está atascado: sigue intentándolo.

Pero, también como en la vida misma, el azar es muy importante. Es lo que todos hemos sentido cuando tras pasar semanas atascados en una fase particularmente complicada sin ni siquiera llegar a acercarnos a su resolución, de pronto la pasamos con 15 movimientos de sobra.

Candy Crush también es inmediato. Hay videojuegos mucho más complejos, a años luz en brillantez y desarrollo y con una historia mucho más apasionante. ¿Pero quién quiere llegar a casa y encender la consola para jugar al Skyrim cuando a los diez segundos de montar en el autobús puedo abrir el Candy en el móvil y trasladarme al País del Ponche?

Permite funcionar en multitarea. Y sabemos que nuestro cerebro funciona en multitarea todo el tiempo. Ver una serie, escuchar la radio, comer, todo se vuelve más divertido y entretenido si a la vez estamos juntando caramelos. ¿Y qué otra alternativa hay? ¿Consultar Twitter? Jugar al Candy Crush es como fumar, pero en sano. “Un cigarro y vuelvo a trabajar”, “Parece que tendré que esperar cinco minutos. Voy a encender un cigarrillo”. “Qué nervios me han entrado, voy a fumar”. Sustitúyase el tabaco por el Candy y se tendrá una aproximación bastante certera de sus virtudes.

Y sí, lo que estás pensando es cierto: jugar al Candy Crush no sirve para nada.

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Raquel Piñeiro es escritora, editora de guías de viaje y está en el nivel 850 del Candy Crush.