'Drunk History' o cómo aprender lo que no memorizaste en años

La serie de comedia ofrece un viaje a través del tiempo con resaca asegurada.

1. Los maestros son muy buena copa
Nada peor que esos profesores grises que convirtieron las aulas en una epidemia de bostezos, como si faltara todo el oxígeno del mundo. No basta el conocimiento. La pasión y entrega son cruciales para destapar los encantos de la materia, acompañada de una narración intrépida, coloquial y –por qué no– divertida. Y sí, aunque algunos de ellos son comediantes o expertos del stand-up, lo más atractivo de sus “clases” es que las imparten empinando su bebida favorita y ya en un estado de completa felicidad, o sea, alcoholizados.

Imagina a Sofía Niño de Rivera contando cómo fue la revolución cubana. Alex Marín y Kall, mejor conocido como "Ese Wey", explica lo que pasó entre Frida, Diego y Trotsky, mientras que “Cha!” de Moderatto sufre un poco al relatar el romance de María Félix con Agustín Lara.

2. Los borrachos siempre dicen la verdad…
O no, ¡pero qué importa! El pasado de por sí es confuso, borroso –hasta para la gente que lo vivió–, así que cuántas cosas no se han contado o tergirversado y no tienen nada que ver con lo verdaderamente sucedido. Así que esta es la oportunidad perfecta para que a lo largo de cada ocurrente versión –siempre basada en hechos reales, por supuesto– esos simpáticos detalles por fin se revelen, dándole el saborcito que siempre le faltó a cada tertulia conspiradora, batalla o conquista que nos enseñaron en la escuela.

3. Se descubre el lado más humano –y chusco– de los personajes

Todos ellos tenían lo suyo, eran más que sus ideales. Comprender su naturaleza humana también es fundamental, porque la gente no actúa sólo así porque sí. En esta ocasión, sus sentimientos y personalidad no se ignoran. Porque sí, cada cabeza es un mundo y cada quien tiene su propia locura, como el lado oculto de Francisco I. Madero por su creencia en los espíritus (sin juzgar, era algo muy de moda en su época) y su don para hablar con ellos.

4. Los personajes están de muy buen ver (y son famosos)
Estos son interpretados por actores que, además de talentosos, cuentan con un físico cautivador. Ana de la Reguera da vida a la hija de Don Porfirio Díaz; Alfonso Herrera es nada más y nada menos que el Che Guevara; Miguel Rodarte es Santa Anna; Bruno Bichir –aún con su peluca estilo “príncipe valiente”– se ve genial como Cristóbal Colón; Luis Gerardo Méndez lleva el papel de Hernán Cortés y nadie mejor que la sobrina de “La Doña”, María del Carmen Félix, para encarnar a María Bonita.

5. Los alcances del curso

Al finalizar la primera temporada, el alumno será capaz de identificar quién tenía el ego más grande, si Cristóbal Colón o Santa Anna. Mientras el primero presumía de sus grandes descubrimientos y expediciones y por ello sufría del delirio de “España no puede vivir sin mí”, el segundo se creía el Napoleón de América atravesando por una crisis de popularidad.

También podrá darse cuenta de que Hernán Cortés no era tan odioso, aunque eso se deba en parte a que La Malinche era quien realizaba las mejores jugadas. Ni una trenza de tonta y vaya que demostró que las mujeres en el poder también manejan su propia agenda desde hace siglos.

6. Los tragos son bienvenidos

Esos tiempos en los que ni agua estaba permitido beber dentro del salón quedaron atrás. Ahora son permitidos un roncito, tequila, mezcal, aguardiente o un pisquito, dependiendo de la lección y desde la comodidad del hogar. Sin embargo, no hay que olvidar que el docente lleva la batuta. O sea, la delantera. ¡Salud!

7. No hay examen (ni semanal ni final)
Su profesor no cree en los números o calificaciones, sino en el firme compromiso del aprendizaje, sea poco o mucho. Porque está consciente de que la historia cambia –en menor o mayor medida– de acuerdo a quien la cuente. Pero todo lo expuesto servirá para comadrear en su próxima reunión.