Daniel Giménez Cacho, de viaje por el laberinto de los espejos

A través del proyecto Safari en Tepito, el actor rompe con los estigmas del llamado “barrio bravo” de la Ciudad de México.

Las historias violentas que suceden en Tepito, −uno de los barrios más peligrosos de la Ciudad de México− lo convierten en lugar tabú. Con estigma. De esos que jamás figuran en las agendas recreativas de las revistas de ocio. Sin embargo, para Daniel Giménez Cacho el “barrio bravo” ha resultado ser el escenario perfecto para llevar a cabo "Safari en Tepito", un proyecto cultural que funge también como programa de acción social.

Mitad obra de teatro, mitad encuentro con la realidad, Safari en Tepito es una puesta en escena realizada con gente que ha vivido ahí toda su vida. Ocho actores se aventuraron a mudarse a casas de ocho tepiteños durante quince días. Después del lapso, artistas y anfitriones construyeron su propia propuesta escénica; un "laberinto de espejos", una representación de conversaciones y momentos que viajan al pasado y vuelven al presente haciendo escala en sentimientos, memorias y fantasías.

Tepito existe, porque resiste. Tiene mucha historia comunitaria, de resistencia y rebeldía frente al gobierno".

Para el espectador −que no tiene la menor idea de qué es lo que verá− la odisea comienza con una llamada telefónica: “El punto de encuentro es la estación del metro Lagunilla. A las 4:45 pm, abajo del reloj”, dice una voz. “Lleve zapatos cómodos y procure no cargar mochilas grandes u objetos de valor”. Fin de la llamada.

Siguiendo las indicaciones de la misteriosa voz, el asistente se encuentra en el punto de reunión con otras personas en espera de alguna señal. De pronto, un voluntario del proyecto se hace presente. Charla brevemente con la gente reunida. Comienza preguntando sus nombres, para después dar pie a cuestionamientos mucho más profundos: ¿Cree en el amor?, ¿Qué es lo que siente al estar frente al amor de su vida? o ¿En dónde están sus raíces? A partir de ese momento, sin saberlo, todos forman ya parte de la obra de teatro.

Como salido de la nada, un organillero comienza a tocar una melodía. Un hombre vestido de oso mira atento el andén. Es incierto si forma parte de la puesta en escena, hasta que el guía menciona que, en efecto, el oso es el personaje que guiará al grupo por las calles de Tepito.

La aventura continúa en fila india, sin dejar mucho espacio entre una persona y otra. El grupo avanza esquivando diablitos cargados de mercancía que cruzan en todas direcciones. Finalmente se llega a una vecindad, donde una de las parejas actor-anfitrión presenta a la audiencia su trabajo. A partir de ese instante, el momento se transforma en una experiencia que atañe a los sentidos. Se come, se baila, se escucha, se observa, se huele, pero, principalmente, se vibra.

El espectador se integra a una novedosa vivencia que incluye −entre otras cosas− clases de salsa, tortas de aguacate y frijol, abrazos, lágrimas y hasta un espectáculo de baile en motocicletas. Todo envuelto en un ambiente seguro y de absoluta paz.

Una vez concluido el recorrido de aproximadamente cuatro horas, los asistentes se reúnen con los actores y anfitriones en el Centro de Estudios Tepiteños, donde se improvisa una pista de baile y se sirven tacos de guisado. Ahí aparece el director del safari, Daniel Giménez Cacho, quien en esta ocasión no sigue ningún guión. Luce tranquilo. Como en casa. Ataviado con playera de manga larga, boina negra y la barba desaliñada, que le da un aire revolucionario. Le pedimos unos minutos para entrevistarlo y accede amablemente. Los cuatro metros hacia el interior de las oficinas del recinto parecen kilómetros. Todos quieren saludarlo y tomarse fotos con él. Por otro lado, los tepiteños, que lo ven como uno más del barrio, lo abrazan, alburean y le preguntan a qué hora irán por la cerveza. “Yo ya estoy listo. Díganme a dónde vamos”, responde con una sonrisa.



Dentro del lugar, Daniel nos platica sobre los inicios de "Safari en Tepito". “Supe del proyecto WijkSafari (realizado en el barrio musulmán Slotermeer, en Ámsterdam) de la holandesa Adelheid Roosen, y enseguida se me prendió el foco. Pensé que funcionaría perfecto aquí en México. Así que, a través de la Embajada de Holanda, la contactamos y vino a conocer el barrio y darnos un taller. El año pasado fue la primera edición y la hicimos con cuatro casas, este año son ocho”, menciona.

Mientras platica sobre el proyecto, Daniel mantiene los ojos bien abiertos. Mueve las manos, se acaricia la barba. “Esto rebasó todas mis expectativas”, explica. “Te confronta con quién eres, en cómo reaccionas. Siempre te estás enfrentando a ti, a tus miedos”.

Pero, ¿qué tiene Tepito que no tenga ningún otro barrio de México? “Tepito existe porque resiste. Tiene mucha historia. Historia comunitaria, de resistencia y rebeldía frente al gobierno. Tiene sus propias normas, modas, manera de hablar, de moverse. Es un generador de identidad muy fuerte en todo México”, comenta Daniel.

Sobre los planes de realizar una tercera temporada del safari, el actor responde: “Aún no sabemos. Queremos llevarlo a Ciudad Juárez. En agosto vamos a hacer un taller de 10 días para conocer el sitio, en colaboración con Perla de la Rosa, directora del teatro Telón de Arena”.

El gentío sigue acercándose para saludar a Daniel, y entendemos que ha llegado el momento de despedirnos. Pero antes, aprovechamos para hacerle las mismas preguntas que se le hicieron a los asistentes a lo largo de la obra. ¿Cree en el amor? “Sí”, responde contundente. ¿Qué siente cuando tiene enfrente al amor de su vida? No puede evitar sonreír al escuchar la pregunta. Suspira, titubea… “Protección”, contesta. Por último, ¿en dónde están sus raíces?. “En el corazón de una mujer”, responde al tiempo que dibuja en su rostro el inconfundible gesto de un hombre totalmente apasionado por la vida.

 

"Safari en Tepito" se presentará hasta el 29 de marzo. El costo del boleto es de 400 pesos y se puede adquirir en el teatro El Milagro. Las funciones son de jueves a domingo de 17:00 a 21:00.