Catástrofes espaciales, una funesta carrera por el espacio

Dos de los más grandes accidentes de la historia de la conquista del espacio sucedieron a finales de enero. Oportunidad perfecta para recordar qué significa nuestra manía por salir al espacio.

Por estas fechas se conmemora un doble aniversario funesto para este planeta.

Por un lado, el 27 de enero de hace medio siglo, la cabina del Apolo I se incendió durante una prueba en la plataforma de lanzamiento. Los astronautas Virgil I. Grissom, Edward H. White II y Roger B. Chaffee estaban probando el equipo en caso de que éste quedara desconectado de Tierra. A pesar de que se tomaron todas las medidas necesarias, aquel día, poco menos de un mes antes de salir al espacio exterior, la cabina se incendió con pavorosa velocidad. En sólo cinco minutos, los tres tripulantes sucumbieron al fuego, que creció veloz por la pureza del oxígeno que había dentro de la nave. El equipo de emergencia de Cabo Cañaveral tardó hora y media en poder retirar los cuerpos: el abundante nailon de trajes e instrumentos había fundido a los cadáveres humanos con el interior de la aeronave. Fue el primer gran accidente espacial de Estados Unidos.

No fue, por desgracia, el último. Diecinueve años y un día después, el 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger ingresó al imaginario popular de manera abrupta. Eran mediados de los años ochenta, y había alguna emoción por ver en vivo, por televisión, eventos como el lanzamiento de un cohete al espacio. De modo que el mundo entero estaba viendo cuando, 73 segundos después del despegue, el transbordador explotó. De la explosión central escaparon dos volutas, como cuernos, y luego largas tiras de humo, convulsionándose hacia el mar. Francis R. Scobee,Michael J. Smith, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Judith Resnik, Gregory Jarvis y Christa McAuliffe, los tripulantes, no murieron por la explosión: cayeron con los escombros, y fallecieron por el duro golpe contra el agua.

 

Estos accidentes no son, por supuesto, los únicos: 22 vidas humanas han sucumbido al espacio exterior y los anhelos que provoca. Han ocurrido por problemas técnicos relacionados con escotillas mal cerradas, fugas de materiales, fallas de paracaídas. Sin embargo, la razón última de que estas vidas se hayan perdido en las fauces de la noche no tiene orígenes técnicos.

¿Es karma?

O, por lo menos, algo similar. En 1957, cuando la carrera por llegar al espacio era una obsesión para las potencias mundiales (es decir: Estados Unidos y la URSS), la voracidad se volvió la regla. Había un pequeño problema: no estábamos seguros de que la vida pudiese sobrevivir en condiciones de baja gravedad. De modo que, a bordo del Sputnik, la URSS mandó al espacio a una perrita callejera. La cosa es que lo hizo a pesar de que no existía por entonces un modo de hacerla volver sana y salva. De cualquier modo, la perrita fue al espacio; allá murió. En un principio, la URSS aseguró que le habían practicado una suerte de eutanasia, a través de un envenenamiento controlado; muchos años después (en verdad muchos: en 2002), se reveló que no: Laika, nuestra primera embajadora terrícola en la más lontana oscuridad, murió por una combinación del estrés sufrido en el vuelo y el sobrecalentamiento de la nave.

O sea: desde aquel primer vuelo encontramos que, como dijo Kurt Vonnegut en su Sirens of Titan, “los límites del espacio, de la infinita existencia, son tres: heroísmo vacío, baja comedia y muerte inútil”.

Podríamos ser optimistas

Uno podría pensar que lo inútil es estacionarse en el pesimismo. Después de todo, de alrededor de 200 misiones tripuladas al espacio, sólo siete han sido accidentes fatales. Sólo 22 terrícolas perdidos en aras de la Conquista del Espacio (así, con mayúsculas). ¿Qué son 22 vidas frente a la posteridad?

Podríamos ser optimistas. Considerar que esas vidas, por lo que se ve, son fundamentales para los años (¡las décadas!) que vienen, acaso los más prolíficos en lo referente al viaje al espacio. No sólo porque la NASA aseguró en 2015 que este año, 2017, volvería a lanzar astronautas al espacio; lo haría según aquellas declaraciones, de la mano de Boeing, en cuya nave mandaría un astronauta y un piloto privado a la Estación Espacial Internacional.

Esto hasta hoy no ha sucedido, pero lo que sí se ha visto es cómo empresas privadas empiezan a competir, cada vez más en serio, por el turismo espacial. Richard Branson fue el primero de renombre en admitir que iba por ello, pero en años recientes se han sumado otros personajes como Elon Musk y su SpaceX. El lanzamiento de estos esfuerzos privados, altamente comerciales (y, por tanto, altamente confortables y seguros, pensaría uno) tendría que inspirar cosas buenas. Vaya: existen incluso proyectos, como el privado Mars One, que ya aventuran no sólo una visita a Marte, sino una colonia en aquel planeta. Si al panorama espacial se le ven anchos prospectos de negocio, no había porqué dudar de la seguridad implicada.

Y sí, acaso el panorama permita pensar que lo que viene en la nueva carrera por el espacio puede ser incluso emocionante. Pero es imposible dejar de pensar en Laika, y en lo que Laika recuerda: resulta terca la avidez con la que exploramos fuera de nuestro planeta, dado que todavía no sabemos bien qué estamos haciendo dentro de él.