Lo que pasa en el ‘Burning Man’...

A finales de agosto, una ciudad de 80 mil habitantes nace en el desierto de Nevada y desaparece sin dejar rastro.

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A vista de pájaro Black Rock City parece una estación espacial extraterrestre. Sus edificios son esculturas y templos destinados a ser quemados y sus calles, ordenadas en forma semicircular, se organizan en torno a un ídolo de madera conocido como El Hombre (The Man). Él también arderá en medio de la oscuridad de la noche después de siete días. Los habitantes de esta metrópoli fantasma se autodenominan burners (quemadores) y forman una de las comunidades más peculiares del mundo: una especie de ensayo de civilización donde, supuestamente, las reglas del mundo occidental no sirven.

Está prohibido el dinero, trabajar en equipo y participar en toda clase de actividades artísticas es preceptivo y explorar el “yo profundo” una obligación. Todo esto, bajo un sol abrasador y en medio de un arenal en el que (de nuevo, supuestamente) no están permitidas las comodidades y todo debe conseguirse mediante la autogestión. Suena a relato fantástico de Lovecraft, pero es tan real que por sus efímeras avenidas pasean desde hace algunos años, los cachorros de Sillicon Valley —desde los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, hasta el creador de Facebook, Mark Zuckerberg—, celebrities internacionales como Puff Daddy o Paris Hilton y los hijos de las grandes fortunas globales, como Alexandra Von Furstenberg, Francesca Versace, David de Rothschild o Tatiana Santo Domingo… Todos ellos se mezclan con hippies de la vieja guardia californiana —hijos de Woodstock— bajo una misma consigna: lo que pasa en el Burning Man se queda en el Burning Man, el último lugar del planeta en el que se puede ser libre.

Margherita Missoni, miembro del célebre clan italiano de la moda y amiga de socialités como Carlota Casiraghi o Beatrice Borromeo es asistente habitual. Le hemos pedido que nos cuente su experiencia, pero se disculpa: “Lo siento, no puedo hacerlo. Va contra el espíritu del propio acontecimiento”.

El secretismo es precisamente una de las características diferenciales de este acontecimiento. Hasta 2008, los voluntarios de la organización controlaban escrupulosamente el uso de celulares por parte de los asistentes, bajo pena de destierro. En la era de Instagram, no les ha quedado más remedio que permitir su uso. Pero incluso el fotógrafo Mark Nixon, autor de algunas de las imágenes que ilustran el festival, sabe lo difícil que es conseguir permiso para inmortalizar la locura del Burning Man (y que una vez tomadas las imágenes, no puede cobrar por publicarlas).

Hasta 1990, solo los colonos del siglo XIX, que lo atravesaban para llegar a las minas de oro de California, y los mafiosos de los años treinta, que depositaban allí los cadáveres de sus ajustes de cuentas, sabían dónde quedaba el desierto de Black Rock: 2,590 kilómetros cuadrados de tierra cuarteada en el estado de Nevada. El lecho de un lago seco donde las temperaturas alcanzan más de 55 grados de día y bajan a 5 de noche: “Es un lugar que hace todo lo posible por matarte. Las tormentas de arena son muy frecuentes. No puedes ver tus manos durante horas. Tienes que aprender a sobrevivir y divertirte”, cuenta un burner que, fiel a la consigna, prefiere mantenerse en el anonimato. Juan Pablo Puertas, ingeniero informático residente en San Francisco y asistente al evento desde hace una década, sí nos deja conocer algunos detalles: “Si vas es que o estás tarado o tienes una curiosidad innata”. Curiosidad por un universo de rastafaris, ravers con pinta de deglutidores de pastillas de éxtasis, hombres y mujeres en taparrabos o directamente desnudos rebozados en barro, que se desplazan en monociclos, barcos piratas y carrozas propias del día del Desfile del Orgullo Gay y todo tipo de vehículos decorados a la manera del universo postapocalíptico de la saga Mad Max construidos por los propios participantes.

Durante siete días el “principio de la inmediatez” les obliga a disfrutar del aquí y del ahora cada segundo de su estancia: hay poesía, hay música, hay circo, tragasables, faquires y titiriteros. Pero también hay expertos en disciplinas menos comunes: se ofrecen cursos de sadomaso (para los amantes de la práctica) o de física cuántica (para los interesados en la teoría). Lo que los organizadores denominan la “economía del regalo” es la base sobre la que se sustenta el funcionamiento del festival, al que hay que acudir pertrechado con todas las provisiones. Dado que no está permitido el patrocinio, la publicidad ni el consumo “todo el mundo regala algo, ya sea bebida, collares, abrazos, sonrisas, saludos… Eso te cambia sin que te des cuenta, empiezas a comprender el valor de dar sin esperar nada a cambio salvo la sensación de felicidad”, nos cuenta el fotógrafo Mark Nixon, quien admite que para él fue una experiencia transformadora. El español Juan Carlos Puerta ha regalado de todo: “Un año llegué tres días antes y trabajé a destajo levantando estructuras; también he dado de beber y cuidado a novatos como hicieron conmigo cuando lo era. Otro año mi aportación consistió en llevar a mi pareja. Ahora suelo ir con un guiso para 50 personas e invito a comer a quien se acerca. Y se puede acercar todo el mundo: desde familias con niños hasta gente mayor, jóvenes e intelectuales de Stanford”.

Los inventores de este experimento social son un artista y un carpintero llamados Larry Harvey y Jerry James. Ambos pertenecían a un grupo de pensadores anticapitalistas que se hacían llamar La Sociedad Cacofónica. En 1986, coincidiendo con el solsticio de verano, Harvey y James se plantaron en la playa de Baker Beach con amigos, familiares y una estatua de dos metros y medio a la que prendieron fuego a modo de rito pagano. Aquel año fueron 20 asistentes, el siguiente 300 y en 1989 la policía de San Francisco los echó del lugar cuando superaron los 500. Uno de los cacofónicos, John Law, sugirió transportar El Hombre y La Ceremonia a Nevada, un lugar tan inhóspito en el que, pensaba, las autoridades no se atreverían a molestarles. Creían a pies juntillas en el arte colectivo, así que en aquel espacio de aspecto lunar levantaban esculturas efímeras o escenificaban óperas a medio camino entre el universo de Jodorowsky y Moebius. Pero en los últimos diez años el Burning Man y su utopía efímera de libertad y entendimiento ha ido evolucionando. Para empezar, Black Rock City ya no es solo el nombre de una ciudad provisional. Es también la denominación de la empresa que gestiona el acontecimiento, al que se accede pagando 500 euros (eso si el aspirante a burner es capaz de ganar en la lucha por las entradas que orquestan los organizadores para generar aún más expectación entre sus acólitos).

Con un presupuesto de más de 10 millones de dólares, la amenaza que se cierne sobre un acontecimiento cuyo leitmotiv es huir de la mercantilización y promulgar lo sostenible parece clara. El primero en dar la voz de alarma fue Adrian Roberts, el director del BRC Weekly, el periódico no oficial del Burning Man. Un Pepe Grillo con rastas fucsia que en 2011 ya denunció la llegada masiva de VIP en su publicación. Según él: “Vienen porque figura en sus listas de cosas-que-tenemos-que-hacer-por-lo-menos-una-vez-en-la-vida”. Cuando la organización se percató de que el Burning se había convertido en una moda entre millonarios con ganas de emociones fuertes, lejos de rechazar la idea, sacó provecho a la situación. Así fue como crearon dentro de la ciudad los campamentos llamados plug-and-play, una especie de “reserva capitalista” dentro de Black Rock City donde está permitido instalarse con todas las comodidades que el dinero puede comprar siempre que tales comodidades se trasporten desde fuera del recinto. Las agencias de viajes especializadas también han visto la oportunidad de negocio: venden paquetes que incluyen la llegada a Reno en jet privado, el desplazamiento en autocaravana descrita como “estilo Britney Spears” y estancia en la calle “K”, conocida como Paseo de los Billonarios. Las ricas telas de las jaimas que se levantan en tan singular paseo es un inventario de los clichés del multimillonario: tiendas de campaña de tres metros de alto con aire acondicionado, caravanas más grandes que chalets, menús de tres estrellas Michelin, servicio de cafetería durante las 24 horas del día y un amplísimo clóset en el que poder encontrar su outfit de burner que mejor vaya con su personalidad (bicicleta incluida).


Descubre la segunda parte de esta fascinante historia en nuestra edición impresa de agosto.