La particular batalla de los atletas transgénero

En la historia de los Juegos Olímpicos no ha competido ningún atleta declarado transgénero, eso podría estar por cambiar.

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“Individuos cuya identidad de género no corresponde con su género de nacimiento”. Así es como universalmente se describe a los transgénero, personas con sueños y ambiciones tan legítimas como las de cualquier otra. ¿Por qué entonces en el deporte, cuya esencia conjunta tantos valores como la competencia leal, el compañerismo, el afán de superación o el juego limpio, les está costando tanto abrirse camino a los atletas transgénero?

Los Juegos Olímpicos simbolizan, entre muchas otras cosas, unión. Son dos semanas en las que la bandera de la paz ondea por todo lo alto, y la paz está ligada en gran medida al respeto. Bajo esos preceptos, todos los atletas deberían ser iguales a los ojos del mundo. Iguales desde sus derechos y obligaciones hasta su inclusión en la sociedad y en el deporte de alto rendimiento. Incluidos los transatletas, que a la par de su preparación como deportistas, llevan una lucha particular tratando de erradicar los paradigmas anquilosados en una sociedad que todavía los mira con recelo.

El tema siempre ha sido polémico. Lo primero que habría que considerar es la transición, si es de hombre a mujer o de mujer a hombre, para determinar si existe una ventaja que pueda considerarse injusta deportivamente. Por un lado tenemos la opinión de quienes aseveran que el atleta debería competir en la rama de su identidad de género, sin importar si eso implica tener condiciones a favor o en contra, pues la supuesta ventaja dependería del tipo de transición. Digamos que estas son las voces más progresistas. Y el máximo representante de esta nueva corriente es Chris Mosier, atleta que nació con genitales femeninos, que lleva años luchando por la causa de los transatletas, y que ha logrado no solo competir en Estados Unidos, sino clasificar al Mundial de duatlón en la categoría varonil. Doble hazaña, triple si se quiere, considerando los avances que ha tenido en materia de regulación del deporte transgénero, gracias a su activismo.

 

 

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Por otro lado, las mismas atletas mujeres que compiten contra una rival transgénero son las primeras en levantar la voz, no por un tema de rechazo social, sino por sentirse en desventaja ante una atleta que al haber nacido hombre tendría naturalmente una complexión física distinta, más fuerza, mayor alcance, y seguramente una zancada más larga. Esto nada tiene que ver con la supuesta superioridad de un género sobre otro, sino con una cuestión morfológica. Aquí sucede todo lo contrario que con Mosier, y por eso deportistas como Fallon Fox han sido cuestionadas incluso por la misma Presidenta de la UFC, Dana White, quien ha sido muy clara en su postura: “no creo que alguien que solía ser hombre deba pelear en la UFC como mujer”.

Entonces, ¿dónde y cómo deben competir los atletas transgénero? ¿Cuál tendría que ser la postura del Comité Olímpico Internacional y de otros organismos reguladores del deporte? ¿Qué es más justo o menos injusto en términos de juego limpio? En 2004 se dio un paso importante con la publicación por parte del COI del Reglamento de Competencia para los atletas transgénero, basado en tres puntos fundamentales: el atleta debió haberse sometido a una cirugía de reasignación de género, debe tener el reconocimiento legal de su género y llevar por lo menos dos años con tratamiento hormonal. Cumpliendo con estos tres requisitos, el COI no consideraba que el atleta tuviera una ventaja sobre sus competidores.


Esto no era suficiente para muchos atletas que consideraban que el hecho de vivir y competir con su identidad de género no debía implicar una cirugía. Y entonces se dio otro paso importante. Apenas en enero pasado, y en gran parte gracias a la perseverancia de Mosier, el COI declaró que no es necesaria la cirugía para poder participar como transatleta. Los atletas que hagan la transición de mujer a hombre podrán competir sin restricciones, mientras que aquellos que lo hagan de hombre a mujer deberán de cumplir con ciertos requisitos en cuanto a sus niveles de testosterona, tratando de garantizar que no haya ningún tipo de ventaja.

 

 

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En toda la historia de los Juegos Olímpicos todavía no ha competido ningún atleta que se haya declarado abiertamente transgénero, pero sí ha habido sospechas y señalamientos y se han puesto sobre la mesa asuntos tan complejos como la inspección genital, lo que evidentemente ha causado indignación en toda la comunidad LGBT, que se siente incomprendida, señalada, perseguida y discriminada.

Aunque hay más casos de lo que uno cree, la exposición mediática no es tan alta si se trata de eventos deportivos locales o incluso nacionales. Cuando el atleta está en una competición internacional, entonces el tema cobra mayor relevancia. Caso concreto es el de la sudafricana Caster Semenya, medallista de oro en el Mundial de Atletismo de 2009 y de plata en Londres 2012, quien llamó la atención por su velocidad y “apariencia masculina”. En algún momento se filtró información de que una exploración médica determinó que Semenya no tenía ovarios ni útero, pero la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo) nunca confirmó ni negó que esos resultados fueran correctos. A pesar de siempre haber sostenido que es mujer, la africana ha sido víctima de una persecución pública que la señala como una atleta transgénero que aprovecha su masculinidad para sacar ventaja a sus rivales. Con las aguas aparentemente más calmadas, ahora se prepara para los Juegos de Río 2016.

Si bien la historia de Semenya tuvo una gran repercusión a nivel mundial por ser una deportista en activo, aún mayor fue el impacto del caso de William Bruce Jenner, quien ganó para Estados Unidos la medalla de oro en decatlón, rama varonil, en los Juegos Olímpicos de Montreal, en 1976. Casi cuarenta años después de su gran hazaña deportiva y tras cambiar el mundo del deporte por el del espectáculo, formando parte del elenco de varios programas y series de televisión, Jenner sorprendió al mundo a mediados de 2015, cuando apareció en la portada de Vanity Fair como toda una mujer llamada Caitlyn.

Más allá de haber alcanzado en su momento la cima del deporte mundial, hoy Jenner se ha convertido en la voz de millones de personas que le exigen a la sociedad contemporánea una postura incluyente, abierta, natural e integral. Chris Mosier, Fallon Fox, Kye Allums y muchos otros atletas están poniendo su granito de arena, algunos creando fundaciones, otros dando conferencias, compartiendo testimonios o tutelando a su comunidad. Esa es su lucha particular, una lucha que debe estar enmarcada, como mínimo, por el respeto de quienes nunca hemos estado en sus zapatos.