Un reventón histórico, guía para salir de noche en la Ciudad de México

Difícil un destino con más onda para una noche de tragos y bohemia que el corazón de la capital. Cada paso, cada edificio y cada trago terminan salpicados por siglos de historia.

El Centro Histórico es un estuche de monerías. Absolutamente. Cada esquina, callejón o puerta que se abre puede dejarlo a uno con la boca abierta. Es la única zona que conserva intacto el ADN de la ciudad y que no se parece a nada más que a México. Entre construcciones coloniales de tezontle y cantera se esconden los más diversos, tentadores y extraordinarios espacios que convierten un mezcal, chela, vino, pulque o tequila en mucho más que un mero vaso de alcohol.

La implacable huella de la globalización, tras la cual todo se termina pareciendo entre sí y se difuminan los contextos en cualquier punto del planeta, choca contra la armadura del centro histórico. A esa México-Tenochtitlan, edificada sobre la isla central entre los grandes lagos y luego reconstruida en la Colonia como la “ciudad de los palacios”, no hay quien le borre las improntas de siete siglos de historia, como tampoco las de adoptarla como lugar de parranda.

Bajos fondos, jazz, pulquerías…

Gracias a 30 años bajo la lupa y las manos de renovadores y rehabilitadores urbanos, la zona florece sin tregua. No cesan de aparecer ofertas fantásticas a todo nivel. Para habitarla de noche son innumerables las posibilidades: desde lugares de los bajos fondos, “jazzeros”, bares a lo convencional hasta pulquerías y locales populares llenos de estilo. Empecemos por un mezcal. En la curiosa calle peatonal de Motolinía, antes llamada Santa Clara y Espíritu Santo, está Talismán. A media luz, una imponente cantina central elaborada con los materiales que se utilizan para producir este licor, expone mezcales de tradición, acompañados por una ecléctica selección musical.

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En la misma Motolinía, más entrada la noche, es deber entrar a Zinko Jazz Club, ubicado en las antiguas bóvedas del Banco de México. En este búnker de gozo, invadido por jazz, bien vale la pena echarse un vino tinto. Un par calles hacia el Zócalo, Isabel la Católica sorprende con un edificio del siglo XVII, antes palacio de la familia del Conde de Miravalle, donde hoy se alberga el Hotel Downtown. Un espacio con brochazos de monasterio, también habitado por restaurantes, chocolatería y la mezcalería La Botica. Su moderno Roof Top Bar, con arcos de piedra y grandes frescos, brinda una vista y un ambiente sensacionales.

Si se trata de miradores, cabe nombrar el de Azotea de Barrio Alameda, con vista panorámica sobre la Alameda Central. Es un edificio art decó de finales de la década de 1920, hermosamente remodelado que hoy funge como centro cultural, donde también aparece la opción de Mundana Mezcalería. Esa perspectiva de altura sobre La Alameda es un privilegio porque éste fue el primer jardín de la ciudad, plantado de álamos y luego de fresnos y sauces. Sus más de 400 años de historia lo hacen punto emblemático para el amor, en el cual los jóvenes de la época empezaban sus romances tras rituales de señas con un pañuelo. Allí, además, solía pasear la emperatriz Carlota.

Con otro horizonte de la Alameda, en la avenida Hidalgo, qué mejor que unas copas en El Cielo del Hotel de Cortés, un lounge con piso de madera, chimeneas y camastros. Este edificio, con su fachada barroca y Santo Tomás labrado en la puerta, fue el primer hotel de América. Luego de hospedar a misioneros y viajantes, a mediados del siglo XIX terminó convertido en una vieja vecindad donde nació nadie más que Tin Tán. Entrado el XX renació como el Hotel de Cortés.

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Alturas, plazas, palacios…

Un balcón, más cercano al Zócalo, es el de la Terraza del Centro Cultural de España, desde donde se vigila a poca distancia la Catedral Metropolitana. Tapas, vinos, conciertos de jazz y DJ invitan a entrar a esta casona del siglo XVII, establecida en época de Cortés en los solares detrás de la catedral. Otra panorámica, con ambiente más discreto quizás, es la del Hotel Zócalo Central, cuyos cimientos siglos atrás formaban parte de la estructura del Palacio del Emperador Moctezuma.

Aunque si de altura se habla, por qué no subir a tomarse unas copas a Miralto, en el piso 41 de la Torre Lartinoamericana, entre la calle Madero y el Eje Central. La inconmensurable Ciudad de México merece observarse desde lo más alto posible. Este predio solía ser la casa de animales de Tlatoani Moctezuma II, luego el Convento de San Francisco y en 1956 se conviertió en el rascacielos más alto de Latinoamérica. Por supuesto ya no ostenta esa etiqueta, pero solo sentarse frente a los cristales de pared completa es todo un viaje.

Más al sur, se extiende otro centro cultural peatonal: la calle de Regina, considerada parte del islote original de México-Tenochtitlan. En ese callejón pasan cientos de cosas. Una de ellas, las exposiciones y muestras del sobrio Cultubar Hostería La Bota, donde no sobra detenerse en la correría. También en El Andar, una casa de vecindad transformada en un bar “brooklyniano”, hipster-chic y mezcalero por excelencia.

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Al otro extremo del Centro, en el callejón de la Amargura, la alternativa es un pulque natural o de sabores. La Hermosa Hortensia es vecina de la legendaria Garibaldi y lleva más de 80 años siendo atendida por una misma familia. En pocas palabras, un lugar de culto que mantiene con vida el prehispánico brebaje de maguey fermentado. A varias calles, en la de las tiendas de luminarias —Luis Moya—, brota una opción nocturna con aire clandestino y misterioso. Lejos del ruido de los antros de moda, Bósforo tiene todo el swing minimalista para entrar por otro mezcal, entre los más de 40 tipos que tienen en su haber.

Resultan interminables las posibilidades para la farra, de todo los tipos e intensidades, en el casco viejo de México. Pero por ahora se podría cerrar con broche de oro este recuento con el mítico Bar La Ópera, un encanto de lugar, que guarda entre sus paredes conversaciones de Miguel Alemán, Porfirio Díaz, Octavio Paz y Carlos Fuentes, y en el techo, los tiros de Pancho Villa.