5 cronistas urbanos que cambiaron la forma en la que vemos las ciudades de México

Amén de los 43 años de la muerte Salvador Novo, hicimos un top five de los cronistas urbanos que te conviene conocer.

Las calles del país han cambiado con los siglos, aunque siempre fueron caóticas. Por decirlo bonito: desde hace 500 años son desarregladas y desvencijadas, pero tienen sustancia. Onda.

Una estación de tren que ya es avenida, cuchitriles y caserones, antros que acaban de nacer, parques junto a edificios, centros comerciales del tamaño de un pueblo. Pero también núcleos humanos que se rearticulan cada día, bullideros de personajes, de hablas, perros, música, modos de vestir: stilettos, Cónvers y huaraches. Así son las metrópolis mexicanas que algunos escritores se han dedicado a recorrer, para describirlas y para animar a otros a explorarlas.

Nezahualcóyotl celebraba Tenochtitlán con retratos hablados. Desde entonces han surgido otros de los rincones patrios, a través de canciones como “Sábado, Distrito Federal”, “La tapatía” o “Chilanga banda”. Y, claro, a través del papel. Si hubiera que hacer un recuento de los cronistas que mejor han calificado en el rockstareo urbano, seguramente estos cinco se llevarían los primeros lugares. Leerlos hoy es recorrer las calles con un guía particular, agudo y de plática sabrosa.

Salvador Novo

Desde la década de 1940, el poeta observó el Distrito Federal que empezaba a sentirse moderno y se le puso al tú-por-tú. Es decir, se puso a caminarlo y comprobó que solo andando a pie es posible entender una geografía. En su libro 'Nueva grandeza mexicana', Novo lleva el paso distraído de quien no va para llegar a ninguna parte, sino solo para ir. Se pierde en vecindades, cabarets, cines. Entonces, las construcciones y la gente le revelan gestos escondidos que jamás muestran a quien asoma por la ventana del coche.

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Carlos Monsiváis

Desde los años 70 empezó a ser el contador no oficial de la ciudad. Hablaba con cierto relajo de todo evento chilango, desde lucha libre hasta lo que puede ocurrir “a partir de cierta hora” en la Roma, Portales o el Centro Histórico. Abordó esas dos cimas de la mexicanidad: el Estadio Azteca y la Basílica de Guadalupe. Su antología ‘¿A dónde váis, Monsiváis? Guía del D.F. de Carlos Monsiváis’ es, de veras, un lujo. Y su crónica de un concierto de Luis Miguel (en el libro ‘Los rituales del caos’) tiene el grado justo de limón.

Jorge Ibargüengoitia

Vio clarito la capital a partir de los 50: la describió como un bebé tragón, que crece y crece. Primero, su mamá está orgullosa, pero cuando el niño mide más de dos metros ochenta y todavía no cumple dos años, entonces la señora piensa que debe “llamar al médico”. En las páginas de ‘Instrucciones para vivir en México’, el narrador y dramaturgo nacido en Guanajuato aborda malos hábitos y complejos, taquerías, cláxons y hasta cómo hablamos por teléfono. Y lo hace con la ironía filosa de quien practica el deporte peatonal.

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Juan Villoro

Ha escrito de todo, sí, pero también esbozos de códigos postales mexicanos: los que son, los que quisiéramos que fueran. Su prosa resbala como mantequilla en pan caliente y ayuda a entender por qué el reto no es entrar a las ciudades del Valle de México, sino salir de ellas. Alguna vez él definió la crónica como un ornitorrinco, es decir, algo entre reptil, ave y mamífero, porque aquello de tener muchos papás. Así de fascinantes son los recorridos que narra por la capital y su crónica sobre Tijuana, en el libro ‘Safari accidental’.

Guillermo Tovar y de Teresa

Lo suyo fue la historia, los conventos, Tacubaya y el arte. En 1990 publicó ‘La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido’. El título lo explica todo. Si bien su estilo de escritura es solemne y él parece más interesado en lo que se fue que en lo que hay, su trabajo es una ventana al tiempo, porque permite echar un vistazo a cómo se veían las calles citadinas hace años. Dónde quedan las sombras de lo que ya no está.