Coworking: ¿durará el sueño freelance?

En los últimos años, los espacios de coworking han tenido un boom en todo el mundo. La tendencia parece seguir… aunque es poco lo que tendría que pasar para que todo se derrumbe.

En principio, la fórmula parece sencilla: acondicionas una casona, o incluso un pequeño edificio, de modo que parezca todo menos una oficina; como lo hace Google, pues, que le mete pasto a las salas de juntas y cajas de legos en medio de los escritorios compartidos. Y haces eso porque, precisamente, lo que quieres es hacer una oficina para gente que no quiere ir a la oficina o que, por lo pronto, y quieran o no, no va a una oficina: consultores independientes, startuperos, entrepreneurs, agencias en ciernes, para irnos pronto: gente que trabaja de agente libre o, como es mandatorio decirles en el contexto global, freelance.

Haces dos o tres eventos de networking al mes, cobras rentas modestas que, en conjunto, se vuelvan una ganancia decente y, una vez que tengas todo el concepto hecho, te montas a una ola que, en los últimos años, ha invadido el mercado laboral de todo el mundo. Tendrás un coworking, que es el nombre genérico de estos centros de trabajo, que en realidad son centros de networking. Felicidades: tu coworking es uno más de los miles que hay en el mundo confirmando que nuestra forma de trabajar está cambiando.

Eso es muy cierto, con los cambios políticos y económicos de la última década; la pregunta es si los coworkings que empiezan a invadir el planeta, y concretamente la Ciudad de México, seguirán siendo una opción viable en un mundo que no deja de cambiar, sino, por el contrario, parece cambiar cada vez de modos menos previsibles.

Más de 2 mil centros en el mundo

Según la Global Coworking Survey, los últimos cinco años, la cantidad de espacios de coworking ha crecido de manera sostenida: en el mundo hay alrededor de 2,000 centros más cada año, y alrededor de 200,000 personas se incorporan a este tipo de espacios (es decir: se vuelven trabajadores independientes con oficina compartida) cada año.

La tendencia parece responder de manera coherente con la situación económica global: las grandes empresas, que hasta hace no mucho más de una década eran capaces de asegurar un sueldo fijo, seguridad social y a veces hasta cuotas de retiro, bonos, regalos de fin de año y viajes de incentivo, hoy están resquebrajadas, y ante mercados globales inestables buscan reducir costos, retirar productos o, inclusive, sustituir el trabajo humano con robots o inteligencias artificiales.

También algo hay que atribuirle a uno de los legados de Steve Jobs: la ilusión de que cualquiera puede volverse un exitoso gurú con sólo fundar una empresa independiente. Sea como sea, cada vez hay más profesionistas que optan por o se ven en la necesidad de ser independientes. Pero muchos de ellos necesitan un espacio, si no para trabajar, por lo menos para tener juntas, recibir clientes y hasta para no volverse locos de soledad.

En México, los espacios de coworking incluso parecieran tener incluso más sentido: este es un país en el que el trabajo de freelance todavía no se comprende del todo; hay demasiadas empresas que sólo aceptan como proveedores a otras empresas, demasiadas tías que piensan que trabajar sin ir a una oficina es pasar todo el día en pijama. De modo que contar con un espacio que cuente como oficina en el imaginario de los cercanos es algo que puede mejorar no sólo el desempeño, sino la imagen social, la autoestima, y así iniciar uno de esos ciclos virtuosos de los que hablan los libros de superación personal.

No es coincidencia que la capital mexicana sea, a la fecha, hervidero de este tipo de espacios. El sitio Coworker.com, un directorio de espacios en todo el mundo, lista 17 coworking spaces en la ciudad, como The Pool, Urban Space o El 3er Espacio; sin embargo, ese listado omite nombres que ya se han hecho de algún eco en el ámbito freelancer: WRK y CoWdf son dos ejemplos. Todos ellos ofrecen, en principio, servicios básicos de una oficina: espacio, teléfono e internet, recepcionista, uso de salas de juntas y áreas comunes; algunos de ellos ofrecen también la entrada a una comunidad de profesionistas independientes en la cual se pueden crear redes de trabajo interesantes.

Centros comunitarios gremiales, la tendencia

La tendencia sólo seguirá creciendo bajo ciertas condiciones, que expertos como Falungi Desai han analizado en Asia, pero que aplican con precisión al caso mexicano. Primero, los espacios de coworking no sólo deben ofrecer un espacio y la posibilidad de entrar a una red, sino que deben afinar su comunidad: no sólo ser un coworking para profesionistas independientes, sino específicamente para escritores, o para diseñadores, o para consultores financieros; formar una especie de centros gremiales que no sólo los vuelvan atractivos como alternativa de trabajo, sino que los hagan casi indispensables como herramientas de relaciones públicas.

Segundo, volverse internacionales. Parte de la diversión de ser freelance es la libertad de movimiento, sobre todo porque casi todos ellos trabajan desde su laptop, desde donde sea. Muchos profesionistas independientes están entendiendo esto como la posibilidad para un nuevo nomadismo digital, y muchos espacios de coworking lo entienden ya como una posibilidad de negocio. WeWork es quizá el coworking más grande del mundo, y tiene espacios en 34 ciudades del planeta. Sus usuarios pagan una membresía que les permite utilizar cualquiera de esos espacios; nada mal para alguien que quiera pasar un mes en Nueva York y luego dos más en París (y luego quizá seis en la pobreza).

Tercera cosa, ampliar el punto de vista: el futuro no sólo será el coworking, sino también el co-living; un esquema similar, pero de vivienda. Es mucho más que Airbnb: es compartir, con absolutos extraños, los servicios de una casa. Este servicio ya existe (además, tiene su espacio de coworking y múltiples ubicaciones) y se llama Roam: pagas una renta y puedes vivir en un departamento en distintas ciudades del mundo, siempre con los mismos estándares.

Todo esto suena muy bien, pero es una tendencia que podría detenerse, dice Desai, si los coworkings no logran solventar los altos costos que implica tener un espacio cool a pesar de su población, que no siempre es estable. El primer riesgo aquí sería que los costos de pronto sufrieran un sobresalto inesperado. Si contemplamos que sólo el año pasado el uso de suelo en México subió un 7.5% (y que, por ende, los costos de renta de espacios subirán), podemos ver que quizá la tendencia baje el ritmo. Por otro lado, hay factores humanos: si los profesionistas independientes que acuden a ellos no representan una entrada mínima fija, el esquema de coworking no funciona. Esa, en 2016, en este mundo tan volátil, es una pésima noticia: de por sí todo el mundo sabe que el súper poder del freelance es no saber cuándo le van a pagar.