Steve Bannon: de "presidente en la sombra" a nuevo archienemigo de Trump

El ex jefe de estrategia de la Casa Blanca y el presidente Trump se han declarado la guerra total, con Rusia y la familia

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Rápido, piensa en tres nombres que para ti encarnen el poder. ¿Ya? Si no son "Satán. Dick Cheney. Darth Vader", enhorabuena: no eres Steve Bannon. Lo que significa que tampoco eres ahora mismo el mayor enemigo de Donald Trump. Bastante más que Kim Jong-Un, el dictador de Corea del Norte con el que el presidente está presumiendo de que la suya es mucho más grande y poderosa [su capacidad de respuesta atómica, no seamos malpensados].

Bannon no tiene armas nucleares, ni mucho más en la vida que:

a) un montón de dinero salido de Seinfeld y de 10 años de buenas inversiones.
b) un pequeño imperio digital de fake news y odio neoconservador heredado de un oportuno muerto: Breitbart.
c) todo lo que aprendió entre noviembre de 2016 y agosto de 2017, los meses en los que se unió a la campaña de Trump, primero, y ascendió a jefe de estrategia de la Casa Blanca como uno de los grandes hombres del presidente, después. Aquellos meses, cuando Time le denominaba en su portada de febrero del año pasado "El Gran Manipulador" y el resto del mundo "el presidente en la sombra". Aquel suspiro.

Pero le ha dado al presidente Trump donde más le duele, en La Familia:

"Van a cascar como a un huevo a Don Junior [el primogénito de Trump] en la televisión nacional".

Es tan solo una línea en un libro, Fuego y Furia, donde Michael Wolff ha entrevistado a 200 personas cercanas a la campaña y al primer año de la presidencia de Trump. Un libro en el que el presidente no sale nada bien parado y donde todos tienen algo que aportar a un cúmulo de despropósitos y decisiones aleatorias con apariencia de programa político. Todos los hombres y mujeres del presidente reciben sin pausa. Y hasta se desvelan secretos como el por qué del pelo imposible de Trump, y el papel de Ivanka en esa cabellera.

Pero Bannon ha señalado directamente a Trump Junior y al yerno del presidente, Jared Kushner. La reunión que mantuvieron en verano de 2016 con un puñado de rusos que les prometieron "trapos sucios sobre Hillary Clinton" fue, para Bannon, "traicionera, antipatriótica y una mierda". Bannon no solo ha dado material para un hipotético impeachment -los demócratas tienen un flanco ruso cada día más grande y jugoso con el que sacar a Trump del Despacho Oval-, también ha llevado a un nuevo nivel sus ambiciones.

Desde que salió de la Casa Blanca, Bannon se ha dedicado a tres metas: la primera fue recuperar el pulso de esa audiencia de Breitbart (23 millones en su mejor momento) con la que moldeó el clima de racismo, paranoia y ultranacionalismo que llevó a Trump a la presidencia (59 millones de votos).

La segunda ha sido intentar influir en todas las esferas del poder republicano fuera de la Casa Blanca. Pero aquí ha tenido un importante tropiezo: Roy Moore, el ultraconservador candidato de Alabama acusado de abusos sexuales a menores, fue una de sus criaturas, y una de las últimas veces que Trump y Bannon estuvieron en sintonía (durante la campaña, Trump volvió a referises a Bannon como "su amigo", después de haberle negado toda relevancia tras su dimisión). Y su tropiezo -Alabama llevaba 20 años sin una victoria demócrata-, hizo mella entre ambos. El fracaso de Bannon a la hora de movilizar y canalizar el voto radical ultra no se lo comió él, sino Trump.

La tercera meta es mucho más espinosa: Bannon está decepcionado con la presidencia de Trump, pero mucho más todavia con el liderazgo del Partido Republicano. Pocas personas hay en el mundo a las que el exmilitar Bannon odie tanto como al senador Mitch McConnell. McConnell, el líder de la exigua mayoría republicana en el Senado, es también el hombre que intenta que los republicanos dejen de bambolearse al son de los impulsos del Tea Party, los ultraconservadores, los que creen que la Biblia es científica y, en resumen, los lectores de Breitbart. Que no vuelva a haber una presidencia como la de Trump, vaya.

Pero la posición de McConnell es complicadísima. Si se inicia un proceso de impeachment, el resultado se dirimirá en el Senado. Es decir, el destino de Trump quedaría en manos de McConnell.

Si el último lanzazo de Bannon está diseñado para separar aún más al republicanismo chiflado de Trump y al tradicional de McConnell, la jugada le ha salido bien a medias. Lo que se cree en Washington es que Bannon está preparando un asalto al poder, bien por su cuenta o bien con una marioneta más dócil que Trump, cuyos caminos se cruzaron por primera vez en 2015, cuando Breitbart era el único medio que creia en las posibilidades políticas del magnate.

Pero la respuesta de Trump, acusándole de "loco" y enfermo, lanzando todos sus improperios contra su ex estratega jefe, ha conseguido dividir al público. Ahora mismo, incluso en Breitbart y en los foros de agitación de la alt-right están crucificando a Bannon. La Sagrada Familia no se toca. Ni siquiera por aquel que la ungió y que hizo toda la labor de zapa necesaria para llevarles a la Casa Blanca.

*Artículo publicado originalmente en Vanity Fair España.