Ana Katiria: "He tenido que denunciar funcionarios porque me dicen que soy una escuincla pendeja"

Hablamos con la abogada que derrotó al machismo y a la corrupción de la justicia mexicana.

El caso de una joven de 20 años que mató a un violador en defensa propia tomó las primeras planas de la prensa mexicana en diciembre de 2013. Yakiri Rubio, una comerciante de Tepito, fue secuestrada en las calles de la colonia Doctores. Dos hombres la condujeron a un hotel y uno de ellos la violó para después intentar matarla. Ella se defendió y le cortó el cuello a la altura de la yugular a su atacante con la misma arma blanca con la que él la había herido en el brazo izquierdo. Horas más tarde el agresor murió cerca del lugar de los hechos.

Cuando Yakiri buscó ayuda e intentó presentar su denuncia ante la agencia No. 50 del ministerio público nadie la escuchó. Sus heridas fueron tratadas sin las condiciones higiénicas mínimas, sus bolso fue registrado sin su consentimiento y, aunque ella acudió a la institución a denunciar una violación, terminó declarando como probable responsable de un homicidio calificado sin siquiera saberlo. Días más tarde fue consignada.

La suerte de Yakiri parecía no importarle a nadie más que a su familia. Y así fue hasta que Ana Katiria Suárez, abogada penalista de 33 años en ese entonces, tomó su caso. “Soy Ana y no sé qué tenga que hacer, pero te juro por mi vida que te voy a sacar de aquí”, le dijo a su nueva clienta el 16 de diciembre de 2013, en el Centro Femenil de Reinserción Social (Cefereso) de Santa Martha Acatitla.

Ese día comenzó la batalla contra la corrupción, contra la violencia machista y contra el “podrido” sistema penal mexicano. Una batalla que ganó, que casi le cuesta la vida, y que cuenta en su recién publicado libro En legítima defensa

Ana Katiria en la presentación de su libro, 'En legítima defensa'.

“Institucionalmente la autoridad no existe”

Si hay algo de lo que Ana está segura es de haber estudiado derecho: “Nunca me planteé hacer otra cosa”. Esa convicción se entiende cuando se describe a sí misma. “Siempre he sido una aferrada obsesionada con observar, con denunciar la injusticia y con cuestionar por qué están ocurriendo las cosas. Siempre fui así”.

Ana estudió la carrera en la Universidad Iberoamericana. A los 19 años comenzó a trabajar en despachos corporativos y más adelante estudió una especialidad en la Escuela libre de derecho. Posteriormente y, de la mano de su madre –con quien estudió la carrera–, abrió un despacho que en su momento dio mucho de qué hablar, pues en México no hay despachos de mujeres penalistas constituidos como tal. En la Procuraduría se hablaba de dos mujeres jóvenes que eran penalistas y que además eran madre e hija.

Años más tarde, Ana estudió una maestría en ciencias penales y criminología en la Universidad de Barcelona y paralelamente en la Universidad de Pompeu Fabra. Cuando regresó a México dejó el despacho familiar y emprendió un camino propio.

Durante todo este tiempo Ana se cuestionó el sentido de la autoridad en su país y llegó a una conclusión: institucionalmente no existe. “La única autoridad que reconozco es la de alguien que ha recorrido un camino digno para sentirse con el derecho de marcar una pauta o una línea”. Su crítica a los poderes públicos mexicanos es rotunda. “Puede ser mi vecino o la señora de la tienda de enfrente, pero hoy en día ninguna institución es digna de ser reconocida como autoridad, porque no cumplen con su principal función que es proteger la dignidad humana y el valor de la verdad”.
 

Ana Katiria junto a su madre, Bárbara Castro, y su hermana, María José Suárez.

Machismo en los pasillos de la Procuraduría

La primera vez que Ana pisó la Procuraduría de Justicia fue en compañía de su madre. Iban recorriendo la institución para que ella, que en ese entonces tenía 21 años, se familiarizara con las instalaciones. De pronto se toparon con un grupo de policías que al verlas pasar emitieron ese sonido que más de una mujer ha escuchado en México. Un tsss prolongado que busca comunicar que la mujer que están viendo es atractiva.

Ana se paró en seco y regresó a confrontarlos. Las súplicas de su madre porque lo dejara pasar fueron inútiles, solo recuerda tenerlos de frente y preguntarles qué es lo que querían decir. “No entendía por qué le faltaban el respeto a una mujer que iba a ese lugar a trabajar igual que ellos. Quería saber por qué el hecho de que seas joven y mujer les daba el derecho de transgredir el límite”.

16 años después de esa bienvenida a su carrera como penalista, Ana sigue enfrentándose con este tipo de actitudes. “Me siguen preguntando si de verdad yo soy la abogada y me piropean descaradamente. He tenido que denunciar funcionarios porque me dicen que soy una escuincla pendeja”, comenta. “Poco a poco encuentras recursos para defenderte de quienes se ostentan con un poder de monstruo que al día de hoy no cesa”.

Esa lucha contra el machismo y la discriminación de género está plasmada en casi todas las páginas de En legítima defensa. Las reuniones de Ana con jueces, procuradores y fiscales, los careos con los denunciantes; las inconsistencias y los atropellos que se dieron durante los tres meses que duró el proceso son una fotografía nítida del sistema patriarcal y misógino que sofoca al país.

“En un sistema tan viciado, las mujeres que se sensibilizan ante el dolor y buscan proteger los derechos humanos son discriminadas”. Un cultura machista que convierte a las mujeres en enemigas de sí mismas. “Cuando meten las manos por otra dentro del servicio público son ultra discriminadas y las corren por revoltosas. Eso ha provocado que también haya mujeres machistas a las que no entiendes, pero con las que aprendes a lidiar como litigante”.

Alfredo Brum, abogado auxiliar de Ana, Yakiri Rubio, Ana Katiria y el papá de Yakiri, José Luis Rubio.

“Yo soy una antes de Yakiri y otra después de Yakiri”

Exactamente 18 meses después de la violación de Yakiri, la justicia reconoció que la joven había lesionado a su agresor en defensa propia. Ahí terminó la pesadilla que privó de la libertad a una inocente durante 86 días y que le cambió la vida a la abogada que decidió hacer todo lo que estaba en sus manos para devolverle la libertad.

En algunos párrafos de su libro, Ana relata el coraje y la impotencia que sintió en los juzgados en más de una ocasión. También, el miedo que experimentó cuando la amenazaron, la espiaron y la persiguieron y, claro, la felicidad que le provocó ver a Yaki fuera del penal. “Sola, con una bolsa verde del mercado que contenía lo poco que la mantenía con dignidad en el encierro”, se puede leer en la publicación.

La joven abogada omite sin embargo lo que pasó con ella durante todo ese tiempo y después. Nadie supo de la vez que lloró afuera de su casa preguntándose a sí misma qué es lo que estaba haciendo y repitiéndose que no podía parar.

Nadie supo que no comía, que no dormía y que el estrés al que fue sometida la sigue llevando al hospital a tratarse de colitis y gastritis crónica. Probablemente nadie sepa tampoco que hasta la fecha, Ana sigue recibiendo amenazas: no se despega de los elementos de seguridad que el mecanismo de protección de defensores de víctimas y periodistas le brindó desde hace casi dos años.

Con todo, Ana sigue sonriendo, está enamorada, disfruta mucho cocinar, estar con su familia y le encantan los perros. Tiene cinco: Flor, Tomate, Ringo, Nina y Camilo. Profesionalmente sigue creciendo, ahora se ha visto inmersa en conflictos sociales de pueblos indígenas y ha participado directamente en casos como el de Nochixtlan (Oaxaca).

“Sí, yo soy una antes de Yaki y otra después. Yaki fue mi parteaguas. Hoy no quiero olvidarme nunca de quién soy, ni de dónde vengo”, dice. “No quiero olvidarme de que tu vida, al igual que la de Yaki es tan importante como la mía y como de la quien sea”.