Lydia Cacho: "En México, a los periodistas nos quieren aterrados, censurados, muertos".

Cándido Ríos, un periodista más asesinado en el país. Recuperamos el testimonio de Lydia Cacho.

"Esto le pasa por meterse en la vida privada del jefe”, dijo el comandante policiaco mientras mantenía el cañón de la pistola en mi boca. El 16 de diciembre de 2005, policías vestidos de civiles que me secuestraron por publicar el libro Los demonios del Edén: el poder que protege a la pornografía infantil. Me torturaron 20 horas como venganza extrajudicial de empresarios y políticos que abusaban sexualmente de niñas y niños de entre 4 y 14 años. Repetían que me arrojarían al mar; yo pensaba en mi familia, en colegas defensoras de derechos humanos y periodistas que me buscarían con la incertidumbre de quien duda si vives o has muerto por decir la verdad.

Las llamadas para exigir que llegara con vida me salvaron. Meses después entendí que fue gracias a la exigencia pública de periodistas, servidoras públicas, diplomáticos, artistas y madres de niñas abusadas que sabían de mi trabajo periodístico. Los llamados de emergencia sobre mi arresto ilegal, grabado por las cámaras de mis oficinas, funcionaron. Por ello desde hace años comparto con periodistas y activistas varias técnicas de seguridad personal con estrategias de protección en red.

Desde 1968 periodistas y activistas han vivido persecución, detenciones arbitrarias y descrédito mediático por los aliados del poder político que se rehúsan a admitir que la democracia precisa de diversidad de pensamiento, libertad de expresión y acceso a la información. Durante los aciagos principios de los años setenta, en que estudiantes, periodistas y activistas desaparecieron, fueron heridos de gravedad o hallaron la muerte con balas de los primeros narcomilitares, de policías al mando de políticos tiranos, surgieron movimientos de madres indignadas, como Rosario Ibarra de Piedra, cuyo hijo despareció en manos de las fuerzas especiales de seguridad. Durante la década de los ochenta, ya varios políticos y empresarios habían encontrado la fórmula para aliarse con la delincuencia organizada lavando dinero en casinos en Tijuana; y fue entonces que intentaron acallar a la prensa, ya no con censura sino con balas y amenazas.

El 15 de mayo de 2017 al mediodía, Javier Valdez, fundador del periódico Ríodoce en Sinaloa, fue sacado de su auto y forzado a hincarse mientras le ultimaban con doce balazos frente a transeúntes azorados. Esa misma tarde comenzamos a organizarnos en redes sociales. En medio del caos, nos encontramos frente a la Secretaría de Gobernación para clausurarla simbólicamente con una bandera de luto gigante y dar lectura en voz alta a la obra de nuestro compañero, quien había cumplido 50 años y estaba feliz de ser abuelo. Cuando llegamos, tres hombres intentaban subir la bandera; sin pensarlo, remonté la cerca de SEGOB y les ayudé a saltar la reja de picos tan filosos como la lengua de los políticos. Nos miramos sin conocernos, leímos y nos abrazamos. La solidaridad sin distinción estaba presente.


Javier había ganado el premio María Moors Cabot, entregado también a Carmen Aristegui, por la Universidad de Columbia en Nueva York. Creía que era tan conocido que estaba blindado de la muerte. Unas semanas antes, Miroslava Breach, colega intachable, fue baleada frente a su hijo pequeño en Chihuahua. Su fotografía rodeada de velas iluminadas le dio vida esta misma tarde de mayo.

Lydia Cacho para VFa

Por su parte, Miroslava Breach, en Chihuahua, estaba investigando los vínculos entre un pequeño grupo de militares corruptos, la trata de mujeres y el papel de ciertos políticos federales en la protección de los cárteles que operan la trata de niñas y jóvenes como esclavas en sembradíos de amapola en la región.

Durante sus investigaciones, se topó con el nombre del exgobernador César Duarte; me comentó semanas antes de ser asesinada que estaba sorprendida de sus hallazgos, los cuales se llevó a la tumba. Le pedí que fuera cuidadosa y lo fue, pero sus homicidas contaban con la confianza de la impunidad histórica de los asesinatos de mujeres en Chihuahua.

Podríamos seguir contando historias de Veracruz, Michoacán, Tamaulipas o el Estado de México. Por toda la geografía nacional encontramos a gobernantes que acallan o hacen caso omiso a los miles de secuestros de empresarios honestos, estudiantes inocentes y lideresas indígenas que trabajan por la paz y la cultura. Sus vidas son reivindicadas por las y los periodistas; justo por representar las voces de México y arrojar luz en la oscuridad es que nos quieren aterrados, censurados o muertos.

Hay días en que pensamos que ya no alcanzan las manos para contar a las personas asesinadas y desaparecidas que insistieron en investigar y denunciar las dinámicas de la narcopolítica que pretende llevar a México al caos de seguridad; ese que daña a ricos y pobres, que pretende imponer un estado de seguridad militarizada donde habrá más armas que escuelas, más impunidad que justicia, en que las y los empresarios tendrán que pagar impuestos al Estado y guardias especiales frente a un Gobierno inútil que promueve la criminalidad y no la seguridad humana. Si lo permitimos, habrá más alienación que solidaridad y confianza social.

He aprendido que México merece una oportunidad más, que no podemos creer que los líderes políticos nos salvarán. Lo que hará surgir la paz en el país es aceptar el diálogo en la diversidad, cuestionar la desconfianza inducida, fomentar la congruencia individual contra las pequeñas corrupciones cotidianas. Mirarnos a los ojos, dejar de ser mártires de la partidocracia y convertirnos en líderes comunitarios que inspiren a niñas y niños a creer que este país les merece, que ellas y ellos podrán reconstruirlo desde la igualdad. Yo hace tiempo perdoné a mis torturadores, espero los sentencien, no por venganza, sino por sentar precedentes jurídicos para que nunca nadie más sufra por dar voz y proteger a niñas y niños en nuestro país.


Cuando decimos que no se mata la verdad matando periodistas, señalamos que quien sobrevive a la violencia impune se compromete con su país para que la empatía y la responsabilidad social no tengan un precio tan alto. Contabilizamos todas las violencias, pero a ratos olvidamos que, para seguir adelante, es preciso contar también la inmensa solidaridad, la indignación, los afectos, la protección, la fuerza cívica de millones de hombres y mujeres que todos los días trabajan para que nadie muera por contar su verdad o por proteger a las y los otros.

México es, desde mi punto de vista, un país de valientes. Los políticos, en su negocio por el poder siempre insistirán en convencernos de lo contrario. Reconocer la fuerza cívica y ética que nos moviliza nos protegerá del desasosiego que engendra el discurso político tremendista de que no hay salida del caos. Nos salvaremos las y los ciudadanos que, en la diversidad, reconocemos que hay verdades que nos unen frente a mentiras que nos separan, que toda vida humana es importante y que sin buen periodismo habríamos perdido la brújula moral de este país.

*Artículo publicado en la edición de julio de 2017.

Lydia Cacho para VFb