In memoriam: Graydon Carter recuerda a 'S.I.' Newhouse

Graydon Carter recuerda a 'S.I.' Newhouse", el visionario de las revistas que modernizó Condé Nast.

S.I. Newhouse Jr., presidente emérito de Condé Nast, murió el domingo en Nueva York, la ciudad en donde nació y en donde tuvo lugar la fundación del imperio que construyó. Con su muerte, a la edad de 89 años, perdemos al último de los visionarios de la industria de las revistas. Con una carrera que abarcó más de seis décadas, situó de manera contundente al apellido de la familia Newhouse en el panteón del mundo editorial estadounidense, junto con los Luce, Sulzberger, Graham y Hearst.

Condé Nast alguna vez fue un tímido competidor del dominio que Henry Luce ejercía mediante Time, Life, Fortune, Sports Illustrated y People. Pero con el resurgimiento de Vanity Fair, en 1983, y la adquisición de The New Yorker, en 1985, S.I. transformó la compañía en un símbolo de estilo y contenido. Heredó una empresa que incluía a Vogue, Glamour, House & Garden y Mademoiselle, y lanzó o agregó después no sólo Vanity Fair y The New Yorker, sino también Self, GQ, Wired, Details, W, Architectural Digest, Gourmet y Bon Appétit, entre otros títulos. En 1980, conformó la parte libresca del negocio familiar comprando Random House e incluyendo a Alfred Knopf.

Década tras década, sus publicaciones ayudaron a registrar y establecer el estilo de buena parte del mundo civilizado. Y por mucho que S.I. apreciaba su influencia, no le gustaba brillar en los salones a donde iban a parar las revistas. No era lo suyo. Lo que en realidad le fascinaba eran las propias revistas. Como objetos. Y como negocios. Las amaba tanto como su hermano menor, Donald, amaba los periódicos de la familia. Aunque de una manera más modesta, S.I. manejó su imperio como imagino que Louis B. Mayer llevó la Metro-Golwyn-Mayer en sus mejores épocas. Si S.I. quería a ciertos escritores o fotógrafos (o editores, si era el caso), iba por ellos. Y la mayoría de las veces los conseguía. Una vez, en una negociación con un fotógrafo en la que participé, había una diferencia de $250,000 dólares entre lo que el agente del fotógrafo pedía y lo que estábamos dispuestos a pagar. “Dáselos”, me dijo, finalmente. “No quiero regatear con ellos”.

Era un hombre que se levantaba temprano y llegaba al trabajo antes del amanecer —y antes de que las calles se llenaran de tráfico. Almorzaba al mediodía. No alrededor del mediodía, a las 12 en punto. Comía rápido y con sencillez. Bernie Leser, un antiguo colaborador de la parte británica y australiana del emporio, me dijo que, en la época en la que S.I. fumaba, a menudo daba caladas entre mordiscos. Generalmente se iba de la oficina a las 3:30. Hacía ejercicio, leía durante una o dos horas, y después iba al cine o a la ópera con su esposa Victoria. Seguía de manera religiosa su rutina de ejercicios. Una vez estaba tomando algo con Warren Beatty en el bar del hotel Bel-Air, en Los Ángeles. Cuando llegó S.I. con Victoria y Donald y la esposa de Donald, Sue, Warren se acercó a su mesa y dijo que él y S.I. se ejercitaban en el mismo gimnasio en Nueva York y que nunca podía seguir el ritmo de S.I. Fue una de las muchas veces que lo vi sonreír de satisfacción.

SINewHouse

Su uniforme de trabajo era sencillo y cómodo: una polo, pantalones de algodón zapatos cafés Car Shoe y una vieja sudadera de The New Yorker. Gracias a su buen aspecto físico, lucía bien con este atuendo. Si tenía que ponerse elegante, lo hacía. En la época en la que los Newhouse aún eran dueños de Random House, él y Donald, Steve —el hijo de Donald— el editor de Knopf, Sonny Mehta, y el CEO de Random House, Alberto Vitale se reunían en el Grill Room del Four Seasons. El restaurante era uno de los últimos sitios en los que llevar saco era un requisito para los hombres, y S.I. cumplía con ello. Una vez vi un traje azul con una camisa del mismo tono y una corbata azul oscuro en un gancho de su oficina. Cuando llamaba el deber, estaba listo, como un pequeño y viejo Superman.

Mucho antes de conocer formalmente a S.I., pedí verlo para que me diera algunos consejos sobre un periódico que saldría dos veces a la semana que quería establecer en Nueva York. Me dio una cita a las 7 de la mañana. Llegué media hora antes y esperé en la banqueta. A las 6:55 me dirigí a su oficina. Era grande y sobria, con madera clara y una alfombra blanca de pared a pared. En las paredes había carteles originales de la tira cómica del viejo Krazy Kat. Su asistente nos llevó vasos altos con café con leche helado. S.I y yo hablamos durante unos 15 minutos. Su consejo fue que había una crisis económica próxima y que no abriera el periódico.

Cuando me levanté para ponerme el abrigo, tiré con él mi vaso de café. Y de una manera que sólo puedo describir como lo más cercano a una cámara lenta que he vivido, vi horrorizado cómo el contenido del vaso caía sobre la inmaculada alfombra blanca. Me disculpé profusamente y traté de limpiarlo con mi pañuelo. Me puso la mano en el hombro y mencionó unas palabras por las que siempre le estaré agradecido: “No te preocupes”, me dijo riéndose, “a mí me pasa todo el tiempo”.

No fundé el periódico, pero me hice cargo de The New York Observer. Se trataba entonces de un semanario provincial con un diseño encantador y anticuado impreso en papel rosa, como el Financial Times. Llegué con un plan que implicaba una serie de cambios en periodos de tres, seis y 12 meses. Tras el primer semestre, estaba satisfecho con el progreso y comencé a mandarlo cada semana a mis amigos en Estados Unidos y Europa, muchos de ellos editores.

La única razón por la que menciono todo esto es porque algunos meses después S.I. hizo una de sus giras habituales por las propiedades europeas de Condé Nast. Y encontró copias del Observer en todos los buzones. S.I. había dejado el continente pensando que todo el mundo en su círculo recibía el periódico —omitiendo el hecho de que las copias llegaban sin ser pedidas y de manera gratuita, y que estaban en los buzones de la gente, por lo que no habían sido leídas. Cuando regresó a Nueva York me llamó a su departamento y me ofreció trabajo.

Así era el asunto con S.I. Le gustaba apostar, sobre todo cuando se trataba de apoyar proyectos o gente que quería o que le parecían prometedores. Tomó The New Yorker y se aferró a él durante décadas, a pesar de las pérdidas, hasta que volvió a estar en pie y, en este siglo, a producir ganancias.
Después del relanzamiento de Vanity Fair, vio pérdidas de casi $100 millones de dólares antes de que empezara a haber beneficios. S.I. gastaba lo que había que gastar. Pero no perdía de vista los ingresos. Las revistas son caras y sobreviven gracias a las páginas que se venden de publicidad. Cada mes, S.I. tomaba las nuevas ediciones de todas sus revistas en su escritorio y contaba las páginas de publicidad con uno de esos dedales de hule que antes usaban los empleados de los bancos para contar los billetes.

SI Newhouse con Anna Wintour

Yo almorzaba con él cada dos semanas. Como muchos otros, aprendí a prepararme para las reuniones, porque casi nunca quería hablar de negocios. Le interesaba mucho más el arte y el cine, y los chismes sobre Washington, Europa y la Costa Oeste. Para almorzar con S.I. había que estar preparado sobre muchos temas. Cuando había que solucionar un problema, empleaba su propio método socrático. Se tomaba su tiempo al hablar. Si le hacías una pregunta, formulaba su respuesta lentamente, esperando a que se formaran en su mente el pensamiento y las palabras correctas. Quienes hablaban con él por primera vez solían llenar el vacío mientras él dejaba reposar sus réplicas. Los veteranos sabíamos esperar. El resultado era que todas estas respuestas y opiniones eran mesuradas y consideradas. No lo recuerdo nunca, en los cientos de almuerzas y cenas que tuvimos, diciendo nada apresurado o desinformado.

A veces cambiaba de publicistas, pero sus editores eran constantes. Durante mis primeros años no fui un representante demasiado firme de Vanity Fair. Pero si tuvo dudas sobre mis habilidades en aquella época —y tenía muchos motivos para preocuparse— nunca lo demostró. Él sabía de manera instintiva que no existe una guía para ser editor; el éxito viene de la confianza y de la visión que se forma con el tiempo. Y, más importante, el editor debe tener la suerte de que el dueño de la publicación le demuestre su apoyo. Es este sentido, S.I. era único.

La mayoría de los años, durante la estancia de S.I. y Victoria en Los Ángeles para la fiesta de los Óscar de Vanity Fair, David Geffen ofrecía una cena en su honor. Los demás invitados solían incluir a Donald y Sue, Barry Diller y Diane von Furstenberg, Sue Mengers, Fran Lebowitz y yo y mi esposa, Anna. Un año, Geffen le estaba mostrando a S.I. la casa que había le comprado en Beverly Hills a Jack Warner. Se detuvieron frente a un Jackson Pollock rectangular que colgaba verticalmente en el desayunador de la cocina. S.I. lo miró por un buen rato y le preguntó en dónde lo habían adquirido. Geffen volteó y le dijo: “Te lo compré a ti, S.I.” S.I. lo miró y se dio cuenta de que, cuando él lo tenía, lo había colgado horizontalmente.

A pesar de su riqueza y comodidades, S.I. siempre vivió con sencillez y sin demasiados lujos. Cuando las oficinas de Condé Nast estaban en Madison 350 (entre Paul Stuart y Brooks Brothers) generalmente almorzábamos en el restaurante 44 de Brian McNally, en el lobby del Royalton hotel, a tres calles de la oficina. Un día, cuando salíamos del restaurante, comenzó a llover torrencialmente. Llevaba puesto mi mejor traje y un par de zapatos nuevos y me resigné a que iban a estropearse. Como en una película, un taxi se detuvo, descendieron los pasajeros y se encendió la luz de “en servicio”. S.I. y yo corrimos hacia él. Sólo de ir de la puerta al taxi, nos empapamos. Le dije al conductor que sólo serían unas cuadras, pero que le daría 15 dólares. Estuvo de acuerdo. De pronto me di cuenta de que no llevaba dinero. El almuerzo había sido a cuenta de Condé Nast. Le pregunté en voz baja a S.I. si llevaba dinero, y me contestó que no. Así que ahí estábamos, yo y uno de los hombres más ricos del país. Sin un centavo entre los dos. Cuando nos detuvimos frente a la oficina, le dije al chofer que si me esperaba, iría adentro y le daría los 15 y otros cinco de propina. Se lo pensó por unos segundos y luego volteó hacia nosotros y nos dijo: “Está bien. Pero el hombrecito tiene que quedarse en el auto”.

* Texto publicado originalmente en Vanity Fair U.S.