Un grito entre sirenas

La escritora Fernanda Melchor da una vuelta al significado del Día de la Independencia y lo reclama como un acto de solidaridad.

No suelo festejar el Día de la Independencia. Los antojitos no me tientan, las aglomeraciones patrioteras me exasperan y el fragor de los cohetes y los fuegos artificiales me sumen en una histeria de perro miniatura. Si bien soy parcial al tequila, creo que cualquier día es igual de bueno para abusar de sus efectos y no solo la noche del Grito de Independencia. Pero, aclarado lo anterior, debo confesar que sí hubo un 15 de septiembre en el que me sentí orgullosa de ser mexicana y fue justamente aquella noche que pasé a bordo de una ambulancia de la Cruz Roja de Veracruz.

En ese entonces yo tenía 20 años, estudiaba Comunicación y lo único que me interesaba era aprender a escribir crónicas. Me había pasado el verano leyendo a Capote y quería vivir aventuras y escribirlas con un lenguaje arriesgado y alucinante. Así que un día, mientras agonizaba de tedio en la facultad, se me ocurrió una idea para una crónica: pasar la noche del Grito a bordo de una ambulancia de la Cruz Roja y describir las cosas espantosas que seguramente vería. Se lo propuse a un editor de un periódico local y, para mi sorpresa, este aceptó. Corrí entonces a conseguir los permisos necesarios. Dos días después, el domingo 15 de septiembre de 2002, me presenté en la Cruz Roja de la avenida Díaz Mirón con una libreta, un bolígrafo, dos cajetillas de cigarros y un gafete de prensa hechizo. 

Han pasado 15 años desde esa noche y aún me cuesta entender lo que viví a bordo de la ambulancia 594, durante esas 20 horas en las que recorrí la ciudad en compañía de un grupo de paramédicos voluntarios, hombres y mujeres que cotidianamente atendían lo que solemos denominar emergencias: crisis histéricas, infartos, caídas, lesiones por riñas o asaltos, fracturas, arrollamientos, intoxicaciones etílicas, quemaduras, asfixias, envenenamientos. Mientras la gente festejaba en las calles y brindaba con amigos y familiares, los paramédicos lidiaban entre sirenas y alaridos con las secuelas del jolgorio o de la mera desgracia. Yo había esperado ver cosas horribles y las vi.

Conocí, por ejemplo, las consecuencias de recibir un machetazo en la cara, o de ser atropellado en una motocicleta, o de rebotar en el interior de una combi que se ha volcado sobre la calzada. Pero también vi cosas sublimes: la fraternidad que existe entre los socorristas y la compasión que todos demostraban hacia los más vulnerables. La entrega con la que se consagraban a su trabajo, una dedicación que yo jamás había visto entre los periodistas, mucho menos entre mis maestros. Entendí además que no eran santos. Que sentían hambre, sed y sueño como el resto de los mortales; que a menudo se enemistaban e incurrían en insulsos juegos de poder; que muchos ansiaban terminar su turno para ir también a emborracharse. Pero, a pesar de todo, ahí estaban: sosteniendo la mano de una anciana que ya ni siquiera recordaba su propio nombre, o ayudando a respirar a un niño asmático, o consolando al hombre que llora porque no supo defenderse de los malandros que lo apuñalaron.

Y a las cinco de la mañana, mientras regresaba a casa —oliendo a humo, con los ojos colorados por el desvelo, una migraña brutal y el angustioso presentimiento de que no iba a ser capaz de poner en palabras todo lo que había presenciado— pensé (y pienso todavía) en lo grandioso que podría ser México si todos festejáramos su nacimiento haciendo algo por alguien, y no solo cantando Cielito lindo y atascándonos de cheves y fritangas. 

*Fernanda Melchor es periodista y escritora. Su última novela es Temporada de huracanes.

*Artículo publicado originalmente en la edición de septiembre de Vanity Fair.