Los voluntarios de La Condesa: protagonistas de la esperanza entre escombros.

Recorremos uno de los barrios más azotados por el terremoto y descubrimos a los líderes innatos que trabajan toda la noche contrarreloj para encontrar víctimas.

Amanece en calle Amsterdam. La Condesa, que a estas horas debería ser un bullicio de autos rumbo al trabajo se encuentra en silencio. Una de las zonas de CDMX más castigadas ha sido testigo durante toda la noche de los esfuerzos de los brigadistas que intentan desescombrar los edificios colapsados, de la fortaleza de los equipos de las fuerzas armadas, la policía y sobre todo de una ola incesante de voluntarios que llevan en muchos casos casi 36 horas intentando paliar los efectos del devastador sismo que ha golpeado con dureza la ciudad.

Juan Hernández acaba de salir de la improvisada enfermería al lado del Plaza Condesa, uno de los edificios más castigados de la zona. Trabaja en la delegación Cuahutémoc y lleva 36 horas sin descanso como rescatista. El esfuerzo le ha hecho mella y los doctores le han recomendado que intente dormir algo. Pero solo tiene palabras para valorar el esfuero de los volutarios, gente anónima que durante el día y la noche han aparecido con una sola pregunta: ¿Qué se puede hacer?

Uno de los trabajos fundamentales ha sido organizar las brigadas y la distribución de la ayuda que los vecinos han ido llevando sin descanso. Barus, equipado con casco, chaleco, botas (el material imprescindible sin el que no puedes participar en las labores de rescate) recuerda haber descargado con sus compañeros 3 camiones con agua, ropa, comida. De hecho los centros de acopio están saturados con toda la comida que los ciudadanos han ido donando desinteresadamente a lo largo de las horas. 

CadenaVoluntariosSismo

Andrea, bajo el plástico de una de las lonas en las que se va colocando el material informa que ya no es necesario que se done más ropa o más comida, pero sí medicamentos, suero. Han ido formando grupos de 30 personas e insiste en que es mejor acudir perfectamente equipados para la ayuda. Sobre todo reclama que se donen más chalecos fluerescentes. A su lado, Delvy, Jazmine y Berenize explican cómo los grupos de voluntarios los forman tanto hombres como mujeres.

Olaf es uno de los organizadores de las cuadrillas. Aunque cansado, se nota que es uno de esos líderes innatos que han ido tomando el control de la situación. Explica que durante la noche la afluencia de voluntarios ha sido algo menor al tiempo que la policía, bomberos y ejército comenzaban a cooordinar los voluntarios y a acordonar por completo la zona a la que no dejan que nos acerquemos. Añade emocionado que ha llegado todo tipo de personas, jóvenes, mayores, y pide que las donaciones se destinen a cascos con luz, linternas potentes, generadores para sopletear, discos para cortar madera. El agua, las palas, los guantes se amontonan en una esquina. Cientos de medios de comunicación se reparten en los alrededores del edificio colapsado. 

EdificioColapsadoCondesa

Lili, Fernanda y Delia, gente común, caminan en los alrededores de Ámsterdam. Llevan toda la noche ayudando a desescombrar las zonas del derrumbe. Acarrean cascajos y los vacían en un camión. Se nota el estrés de toda una noche trabajando. "Pero no el cansancio". Están esperando a la brigada canina que intenta rastrear supervivientes entre las ruinas. El restaurante Second, en Ámsterdam 76, lleva toda la noche sirviendo comida gratis a los voluntarios; sus mesas y sofás se han convertido en una improvisada zona de descanso en la que duermen varios hombres y mujeres vencidos por el agotamiento. 

Lo más extraño es el silencio. Los voluntarios entran y salen de las zonas acordonadas formando una fila. Los vecinos bajan y preguntan cómo ayudar. Qué se puede hacer. Los ciudadanos de esta inmensa colmena que es la Ciudad de México están dando una lección al mundo. Entre las ruinas, esperanza por los damnificados. En la calle, la certeza de que juntos podremos lograrlo.