Rogelio Cuéllar: "En México hay un falso pudor, solo se hacen desnudos femeninos"

El que fotografió durante 50 años a grandes figuras como Octavio Paz o Gabriel García Márquez, nos comparte sus mejores encuentros y algunas imágenes, en exclusiva, nunca antes vistas.

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“Robar instantes de la vida”, esa, —nos confiesa Rogelio Cuéllar, pintor y escultor y Premio Nacional de Periodismo— ha sido su consigna desde hace 50 años. El hombre al que Jorge Luis Borges bautizó como ‘El duende’ (por su habilidad para hacer “travesuras” con la cámara) nos recibe en su departamento/estudio ubicado en La Condesa. El lugar alberga desperdigados en perfecto y alineado caos, álbumes completos de fotografías, decenas de rollos de película sin revelar, libros y pinturas; sin duda, testimonios palpables de medio siglo capturando el alma de grandes figuras como los escritores Juan Rulfo, Julio Cortázar, Cioran, Gabriel García Márquez, Octavio Paz o el pintor Francisco Toledo, entre muchos más. El espacio muestra aún daños del terremoto de septiembre; pero qué importan las grietas cuando los recuerdos permanecen intactos. 

El PRI y el PAN son la misma puerca pero revolcada


¿Tienes alguna obsesión como fotógrafo?

La búsqueda de la mirada es mi obsesión.

Comenzaste a los 17 años, ¿cómo se percibe a esa edad y sin experiencia la fotografía?
Creo que en esa época la fotografía sí era un universo desconocido. Hoy las personas no saben mirar. Yo sigo trabajando la fotografía analógica, porque los fotógrafos aún somos alquimistas contemporáneos. Tengo un teléfono con cámara pero no me da ni tiempo de usar Instagram.

Te especializaste, quizás sin querer, en fotografía de figuras literarias, ¿nunca te llamó la atención el otro lado de la moneda?
Tuvo que ver que en esos años se dio el boom latinoamericano de la literatura y fue en esa época que conozco a Mario Benedetti, a Cortázar, a García Márquez, que eran mis referencias. Eran años parteaguas, eso fue importante para mí.

¿Nadie te ha dicho que no, verdad?

Como tal no, pero en vísperas de que Octavio Paz fuera a recibir su premio Nobel (en 1990), que me piden unas fotos de él. Yo ya lo había fotografiado en 1974 y, unos días antes del Nobel, quedo con él y voy a su casa. Cuando llego, su esposa me recibe: “Dice Octavio que no está de ánimo para fotografías”. Entonces yo le contesto que solo quiero saludarlo. “Está bien, ahora le digo que ya llegaste”. En ese entonces, él tenía su departamento en Reforma y Guadalquivir: había un pequeño patio con plantas y su estudio al fondo.

¿Tú idea era convencerlo?
Era la idea, pero mejor puse el tripie en el patio y cuando él salió, que le tomo una foto a lo lejos. Él me pidió disculpas por negarse a la sesión. Entonces le pedí un recado para mi editor y cuando él regresaba de su estudio de vuelta con la nota, que le hago otro gran retrato saliendo por su puerta. Hay un par de fotografías de ese momento que no se conocían hasta ahora. Seguro que Paz se dio cuenta de que le tomé las fotos, pero no dijo nada. También me tardé 25 años en que Francisco Toledo se dejara tomar un retrato de su mirada. Él es muy tímido, no le gustaban las fotografías.

¿Sigue encontrando cosas en la actualidad? El paisaje urbano no es el mismo...
Siempre descubro cosas, admiro mucho el Centro Histórico de la ciudad de México. Todo ha cambiado con la inseguridad, pero visualmente México se está transformando cotidianamente, y siempre hay nuevas imágenes interesantes. También hay un paisaje rural que me atrae mucho.

Algunos nativos americanos le temían a la fotos, decían que les robaban el alma, ¿qué opinas sobre esto?
En los 70 estuve en el Primer Congreso Indígena de San Cristóbal de las Casas, lo que dio la pauta al surgimiento de los zapatistas 20 años después. En esa ocasión, platicando con las personas de la comunidad, me contaron que no les gustaba que les tomaran fotos porque les robaban “el chulel”, que es como ellos llaman al alma. Lo creían en esos años y creo que aún en la actualidad. Entonces lo que yo hacía era tomarles polaroids y luego se las regalaba para que tuvieran confianza.

Tienes un libro llamado Músculo Corazón, que es de desnudos masculinos. Tú no eres un fotógrafo polémico, pero este libro sí causó un poco de escándalo en México.
Lo que pasa es que no hay una tradición del desnudo masculino en México. Hay un falso pudor. Cuando a María Elena Passarge, la editora, se le ocurrió el libro, fue porque dijo que en México solo se hace fotografía de desnudos femeninos. Es lo más común, lo más socialmente aceptado. Mi selección son personajes de la cultura, pero también hay algunos clowns de Maritza López, con quien comparto el libro.

¿Conociste a Luis Buñuel?
Claro, fue importante conocer a la persona que filmó Viridiana. Alberto Gironella, quien era amigo de Buñuel, me contó que en alguna ocasión, el director los invitó a él y otras personas a su casa en México a comer una paella que él mismo iba a cocinar. Los citó a la una y ellos llegaron hasta las tres de la tarde. Entonces, Buñuel salió por el balcón y les aventó la paella encima: “¿A qué hora les dije? Acá se come a la hora que habíamos quedado”.

¿Cómo fue tu encuentro con Cortázar?
Yo sabía que a él le gustaba la fotografía. Hubo una reunión donde estuvieron García Márquez y Cortázar, entre varios intelectuales. La vibra con ellos me era muy familiar; de Cortázar su relación con el jazz, su universo, su referencias culturales; platicábamos cosas muy lúdicas, como del placer de viajar. Estuvimos jugando con una polaroid que yo traía; le tomé muchas fotos, lamentablemente se las regalé. Hoy serían un tesoro.

¿Cómo era el espíritu de las reuniones a las que asistías? Con Monsiváis, Poniatowska y demás.
Eran cátedras. Se hacía polémica, discusión. De ellos me sorprendía la sencillez. A veces al final de los eventos me topaba a Monsiváis buscando un taxi solo y le daba aventón. A veces me llevaba a García Márquez a su casa cuando se aburría. Una vez le tomé una foto en su casa en San Ángel con su hijo.

Es muy famosa la foto de Elena Poniatowska con Salinas de Gortari, por mencionar una. La literatura y el arte en general, muchas veces (o casi siempre) han estado ligados al poder…¿la fotografía política nunca te llamó?
Sí hice mucha fotografía política, pero como no estaba de acuerdo con la política oficial, por eso rechacé eso que mencionas. Estuve en las campañas de Echeverría, López Portillo y Miguel de la Madrid y bueno, ahí me di cuenta que no me gustaba trabajar con la demagogia, quería mi punto de vista. Fotografié muchos movimientos sociales y lo sigo haciendo. Cuando quería ser candidato Santiago Creel, vino aquí a mi estudio a que le hiciera, llegó con barba, le recomendé que se la quitara.

¿Cómo percibes la imagen de los actuales candidatos a la presidencia: AMLO, Meade, Anaya…?
Acartonados todos. Es demagogia pura. Más que la imagen, los hechos son los que van a marcar el panorama. El PRI y el PAN son la misma puerca pero revolcada.

De los personajes que fotografiaste, ¿quién era de los que más cuidaban su imagen?
Carlos Fuentes, por ejemplo, a quien siempre que fotografiaba iba súper elegante. Un día le dije que quería fotografiarlo de forma más casual y sin corbata, y me invitó a su casa. Ahí le tomé fotos en jeans, entre sus libros. De las últimas fotos que le hice a Fuentes fue en Paris; le dije: "Vamos a caminar”. Era un día lluvioso y salieron unas fotos muy personales.

La página web donde Rodrigo Cuellar acaba de montar 250 de sus fotografías más importantes, ya está on line