Una historia de terror: así fue como Weinstein trató de ocultar sus abusos

Ex espías del Mossad ayudaron a Weinstein a desprestigiar y coartar a sus víctimas y a los periodistas que estaban detrás de su historia.

Hace poco más de un mes que el New York Times y el New Yorker destaparon el historial de abusos sexuales de Harvey Weinstein y todavía se sigue desentrañando información al respecto. Ya sabíamos, entre otras cosas, que la investigación de Ronan Farrow para New Yorker le había llevado más de un año. También sabíamos, gracias a la entrevista que le dio a Stephen Colbert, que había sufrido presiones para abandonar su investigación, pero desconocíamos hasta qué punto.

Ahora, en un nuevo artículo, Farrow ha explicado cómo desde el otoño del año pasado Harvey Weinstein ha llevado a cabo una campaña de acoso y derribo contra los periodistas que han intentado destapar sus historias (ya lo hizo con David Carr cuando el fallecido periodista investigó el asunto en 2001) y contra algunas de las mujeres cuyos testimonios iban a ser difundidos por la prensa.

Weinstein contrató los servicios de varias empresas de inteligencia corporativa dirigidas, en algunos cosas, por ex agentes del mossad y de otras agencias de inteligencia israelíes. Trabajadores contratados por estas empresas utilizaron falsas identidades para reunirse con la actriz Rose McGowan, una de las víctimas de Weinstein, para sacarle información. Una de ellos, una mujer que se hacía llamar Diana Filip, se identificó como la encargada de inversiones responsables de una compañía que estaba lanzando una iniciativa para combatir la discriminación laboral contra las mujeres.

Después de varias reuniones con ella, en un encuentro que tuvo lugar el pasado julio, McGowan le reveló a Filip que había hablado con Farrow para el reportaje sobre Weinstein que él estaba preparando. Entonces Filip se puso en contacto con Farrow para verse con él –“Estoy muy impresionada con tu trabajo como un defensor de la igualdad de género y creo que podrías suponer una valiosa incorporación a nuestras actividades”. Ronan desconfió y nunca respondió.

Su investigación le llevó a descubrir que Diana Filip era en realidad el nombre falso de una antigua oficial de las fuerzas de defensa israelíes que ahora trabajaba para Black Cube, una de las empresas cuyos servicios contrató Weinstein. A través de una foto suya, Farrow pudo confirmar que se trataba de la mujer que se había reunido con McGowan y que además, bajo el nombre de Anna, había intentado conseguir información de Ben Wallace, otro periodista que también había estado persiguiendo informaciones sobre Weinstein.

El cerco a McGowan no quedó ahí. Los abogados de Weinstein –uno de ellos David Boies, que representó a Al Gore en el año 2000contrataron los servicios de dos de las citadas agencias, para “conseguir información que ayudara a los esfuerzos del Cliente para parar completamente la publicación de un artículo negativo en un periódico líder de Nueva York” y para “conseguir contenido adicional de un libro que se estaba escribiendo que incluye dañina y negativa información sobre el Cliente”. El artículo era el primero que publicó el New York Times. El libro era Brave, la biografía de McGowan, que publicará Harper Collins el próximo enero.

Y fue en enero de 2017 cuando un periodista freelance se reunió con McGowan y grabó la conversación entre ambos sin decírselo a ella para luego entregársela a Black Cube. Este mismo periodista contactó, entre otros implicados en el caso, con Annabella Sciorra el pasado agosto. La actriz acabó contando hace pocos días en el New Yorker que Weinstein la había violado. Farrow contactó con el periodista, que desde el anonimato, explica que no fue pagado por Black Cube, que solo recibió información de su parte y estaba desarrollando su propia investigación sobre el caso.

Weinstein además se dedicó a recabar información que pudiera desprestigiar a las mujeres que le iban a acusar. Para ello utilizó a Dylan Howard, el jefe de contenido de American Media Inc, la empresa que publica el National Enquirer. El tabloide, para ayudar a Weinstein, mandó a uno de sus reporteros a entrevistar a Elizabeth Avellan, exmujer de Robert Rodriguez a quien él dejó para comenzar una relación con Rose McGowan. Elizabeth Avellan no cooperó: “No quiero avergonzar a nadie. Las mujeres deberías estar unidas”.

Kroll, otra de las empresas que ayudó a Weinstein a cubrir sus espaldas, fue la encargada de recibir todos los dispositivos de Ambra Battilana, que acusó a Weinstein de asaltarla sexualmente en 2015, después de que ambos llegaran a un acuerdo entonces para que la empresa borrara toda evidencia de la agresión de Weinstein. Pero finalmente, debido a la investigación policial que hubo sobre el incidente, el New Yorker consiguió la grabación del encuentro. 

También Kroll consiguió fotos de Weinstein y McGowan juntos en diferentes eventos después de que él la asaltara. Y otra de las empresas se encargó de recopilar todo tipo de declaraciones de McGowan que pudieran incurrir en mentiras, exageraciones y contradicciones para desprestigiarla, incluyendo una sección de “Antiguos amantes”.

En enero de este año Wallace decidió abandonar su historia. Tenía una larga lista de víctimas, pero no estaban dispuestas a hablar on the record. Farrow y Jodi Kantor, del New York Times, consiguieron seguir con sus historias adelante y siguieron siendo investigados por estas agencias. 

Weinstein también intentó conseguir información de primera mano. Quiso encontrarse con Asia Argento, otra de sus víctimas, en Italia, en diciembre de 2016, invitación que Argento rechazó. Además trató de conseguir implicar a antiguos empleados de Miramax, con la excusa de la publicación de un libro “divertido” sobre la compañía, para poder saber si habían sido contactados por la prensa.

Después de la publicación de este último artículo Farrow ha declarado que durante la investigación sintió miedo por su seguridad personal (más que en Afganistán). Afortunadamente, todos estos esfuerzos de Weinstein por preservar que la verdad saliera a la luz, han sido inútiles

*Artículo publicado originalmente en Vanity Fair España.