Siempre tendremos Casablanca

A 75 años de su estreno, el mensaje migratorio de la película más citada de todos los tiempos sigue tan vigente como antes.

Esta semana, hace 75 años, se estrenaba Casablanca en las salas de cine de Estados Unidos. Hace 75 años Humphrey Bogart era la estrella mas importante y conocida del mundo, en ese entonces decir “negro” en la reseña de la película era aceptable y en ese año en particular, los europeos dejaban sus países para buscar una mejor vida en África y América. El mundo estaba en guerra. 

 

Humphrey Bogart y Dooley Wilson.

Si los nazis eran el enemigo en común del mundo libre, Warner Brothers era la liga de la justicia, lanzando películas con una temática muy clara sobre su posición ante el conflicto bélico. La obra de teatro titulada Todos vienen al café de Rick aterrizó en el escritorio de los productores un día después de que los japoneses bombardearan Pearl Harbour, terminando años de neutralidad de Washington hacia la guerra. Dicha obra se convirtió en la base para el guión de Casablanca, un poster anti nazi desde su concepción. 

Humphrey Bogart (1899 - 1957) se fuma un cigarrillo en la puerta del Rick's Cafe Americain.

No solo en papel es que los estudios se vieron contestatarios, tanto el elenco, como el director y los guionistas, todos eran migrantes o descendientes directos. En pantalla, la película nos regala uno de los momentos de oposición colectiva más inspiradores de la historia donde, como refugiados, los comensales, ladrones, aventureros y la orquesta del café americano de Rick se unen para entontar la Marsellesa a todo pulmón, acallando el himno que cantan los militares Nazis en el lugar. 

La clave de la longevidad del filme, y lo que la separa de otras producciones de su tiempo, es que se rehúsa a esconder la experiencia de los migrantes. En su lugar, crea un nuevo mito americano (o de occidente) celebrando todas esas experiencias como uno de los valores fundamentales de la cultura que conocemos ahora. En esos días, cuando Estados Unidos anunciaba su participación de la Segunda Guerra Mundial, Casablanca sirvió tanto como un instrumento de empatía por todos aquellos “desplazados” políticos, como de propaganda anti fascista. Era un filme hecho por inmigrantes, sobre migrantes y, en el mejor sentido de la expresión, para migrantes.

Según Noah Isenberg, autor del libro Siempre tendremos Casablanca, publicado en septiembre de este año, la película mantiene su magia porque confronta a los espectadores con una cuestión moral fundamental: cuando otros están en problemas, ¿damos la cara por ellos? O, como el personaje de Bogart en la película, solo “sacamos la cabeza” por nosotros mismos. 

Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en el set de 'Casablanca'.

En la era del Brexit, el muro fronterizo y la anulación de DACA; los grandes estudios cinematográficos parecen estar a años luz de producir un film mainstream que interrogue a los cinéfilos del mismo modo, a pesar de que Hollywood está hecho por extranjeros, como nos recordara Meryl Streep a principios de año. De ahí la importancia del Oscar honorario a Iñárritu por su proyecto de realidad virtual Carne y Arena. Una experiencia que, según el director, nos recuerda todo lo que el cine no es y viceversa. 

Still de la película.

Cine contestatario, cobijado por un gigante cinematográfico, con temática real y vigente, envuelto en una historia de amor que añora los días pasados cuando no existían obstáculos para la felicidad absoluta. En palabras de Umberto Eco: "Casablanca no es “una película”, es el cine".
Play it again, Sam!