Ser un hombre hoy

Todas las demostraciones de hermandad y compasión, arrimando un hombro o el apoyo vía redes sociales, hablan de un pueblo orgulloso que sabe levantarse con un puño en alto.

"Creo que las mujeres de prácticamente todos los países están en desventaja. Cobran menos dinero por el mismo trabajo y se espera de ellas que sean perfectas: que cuiden a los niños, la casa, que aporten a la economía doméstica… Todo ello con menor reconocimiento que a nosotros”, se queja. Y prosigue como si le pesara cada palabra, entrecerrando los ojos con cierto enfado: “Y luego esa asquerosa actitud sexual de algunos hombres que las tratan como si fueran objetos, y Trump es uno de los peores misóginos que he visto. Así que creo que hay que quejarse en voz alta, porque el machismo es otra forma de racismo, solo que cubre todas las razas. Hasta 1960, en EE UU, una mujer ni siquiera podía tener una cuenta bancaria sin permiso de su marido o de su padre, así que, sí, quiero defender los derechos de las mujeres”.

El extracto no es mío, sino de Paul Auster, de ahí las comillas. Desayunamos juntos hace unos días a su paso por Madrid y acordamos la necesidad de poner un foco en el feminismo. No es extraño que piense con lucidez después de “dormir” con la afamada escritora militante Siri Hustvedt desde hace 36 años (tal y como él mismo define su longeva unión). Nacido en 1947, se crio en un ecosistema en el que la incapacidad para que una mujer gestionara sola una cuenta del banco no era una rara distopía ancestral sino un fresco muy presente y tóxico. Es por ello que Auster tuvo que desaprender para darse cuenta de que era un hombre blanco privilegiado y que todos esos beneficios conllevan una responsabilidad social.

En el momento en que leen estas líneas, lo más probable es que ya sea padre de mi primer hijo. Y es algo que me resulta francamente aterrador. No porque crea que voy a dejar de dormir mis seis horas diarias, o de ver a amigos, o de hacer la vida de pareja que solía. Creo que puedo con ello. De verdad que lo que más me preocupa es que el niño que voy a traer al mundo acabe siendo un buen tipo.

La idea me vino a la cabeza al intentar pergeñar nuestro Especial Hombre y reflexionar al hilo de lo que debe ser, eso, un hombre. Existe una pregunta muy recurrente durante los nueve meses de espera de todo padre o madre potencial, y es si preferías niño o niña. Más que fijarme en las ventajas, que me parecen muchas, intangibles la mayoría de ellas, al principio siempre me iba a los inconvenientes. En el caso de un niño, que fuera un bestia. En el caso de una niña, que pasara miedo. Porque el hombre es un lobo para el hombre, pero sobre todo es un lobo para la mujer. Las cosas ya están bastante mal con el terrorismo internacional, las crisis de gobierno de los distintos países, la corrupción, las desigualdades sociales y un largo etcétera de males que se podrían arreglar a base de transfusiones masivas de solidaridad como para que encima sumemos afrentas cotidianas derivadas de la torpe hegemonía social del hombre sobre la mujer que la próxima generación debe derribar sin falta. Ya que no he podido dejarle a mi hijo un mundo mejor que el que me encontré, al menos necesito saber explicarle que tiene que ser alguien bueno y justo.

Mientras termino de escribir esta carta, el sismo que azotó a gran parte de México el pasado y doblemente fatídico 19 de septiembre (pocos aniversarios tan malditos) ha dejado ya más de 200 muertos; más de 200 mexicanos que podrían ser más y que perdieron la vida por el mero hecho de vivir en una zona concreta del planeta.

Resulta aterrador traer un hijo al mundo en estas condiciones de incertidumbre, pero también es extraordinariamente inspirador comprobar cómo un pueblo unido frente a una catástrofe se comporta del mismo modo que nuestros glóbulos blancos a la hora de combatir una infección. Todas las demostraciones de hermandad y compasión, arrimando un hombro, o el apoyo vía redes sociales, distribuyendo información útil y ofreciendo ayuda, hablan de un pueblo orgulloso que sabe levantarse después de cada tropezón con un puño en alto. “Los mexicanos somos muy amorosos”, resumió la cantante Natalia Lafourcade la mañana siguiente al terremoto, como si cualquier otra reacción hubiera sido inimaginable. Quizá quede esperanza después de todo. Quizá no sea tan mala idea seguir adelante con estos mimbres.