Meghan Markle llama a las puertas de palacio

La novia del príncipe Harry protagoniza nuestra portada de junio.

Que los principales royals contemporáneos se comprometan con civiles casi por sistema habla de otro tipo de cuento de hadas, aquel que promete que la diferencia de linaje no es óbice si el amor se demuestra verdadero

La atracción que sentimos por los reyes y sus vericuetos merece un bien detallado estudio. Independientemente de que estés hablando con alguien que legitima este modelo de Estado o su contrario, la fascinación que ejercen los miembros de la realeza únicamente puede equipararse a la de las estrellas de cine más rutilantes, solo que en el caso de los primeros existe un aura extra de “tocados por la mano de Dios”.
El hecho de que vistan jeans en vacaciones —cuando les vemos en revistas o noticieros— y sean capaces de alternarlos con opulentos trajes militares (ellos) y millonarias tiaras (ellas) me genera una impresión de futuro mucho más palpable que poder escribir esta carta desde un avión en la pantalla de mi teléfono móvil.
Si en uno de esos juegos psicológicos en los que tienes que decir lo primero que te viene a la cabeza al escuchar una palabra esta fuera “monarquía”, yo respondería “Sissí Emperatriz”, quien no fue exactamente reina, pero sí vivía en un palacio y se vestía como es debido: cancanes acabados en cola kilométrica, largos guantes de raso blanco, abanicos salpicados de piedras preciosas, gargantillas de las que dan dolor de espalda y, coronando, cómo no, una corona.

No existe monarquía en México, por eso toca muchas veces poner los ojos (sobre todo) en Europa para imbuírnos de este encorsetado régimen, siempre atado a tiempos pretéritos. Actualmente existen 26 países dueños de una jet set de monarcas que sacamos a pasear como en un intercambio de estampas coleccionables. No tienen homólogos más que cuando se tratan entre sí. Hay presidentes, jefes de Estado, primeros ministros y ministros principales, pero solo un puñado de naciones pueden jugar la carta “K” dentro del póker geopolítico. Obviamente, la más influyente de todas es la monarquía británica, por aquello del imperio residual y la Commonwealth sobre la que aún influye. De algún modo, la reina Isabel II sigue siendo el epítome de esta especie, en caso de que los extraterrestres pidieran un interlocutor muy muy importante.

Quedó atrás la época en que los matrimonios se concertaban y se apostaba por aunar reinados. Es por ello que en el tiempo de la historia en que menos preparados estamos para los relatos de príncipes encantadores y de princesas encantadas, por todas las connotaciones trasnochadas que conllevan, que los principales royals contemporáneos se comprometan con civiles casi por sistema habla de otro tipo de cuento de hadas, aquel que promete que la diferencia de linaje no es óbice si el amor se demuestra verdadero. Pasaba en Romeo y Julieta, en Mujer bonita, en Titanic, con Felipe de Borbón y la ex periodista Letizia Ortiz, y con William de Inglaterra y Kate Middleton. Ellos no son noticia este mes, pero sí lo es Harry, hermano del segundo y “bad boy” de las casas reales contemporáneas, a quien puede que pronto veamos desposado de la actriz Meghan Markle.
No es que la carrera cinematográfica de Markle sea para tirar cohetes, pero sí que su ocupación dentro de la industria la dota de una pátina de nobleza social que para nada desentona en el relato y multiplica un glamour que a la hora de hacer revistas con sensibilidad hacia ambos mundos parece caído del cielo. Ojalá disfruten de la aproximación que hemos hecho a su figura, una versión mestiza de Grace de Mónaco que actualiza de un millón de maneras el máximo exponente de lo que entendemos como espectáculo social.